- Abuelo, ¿nos contás una historia de la batalla de Malvinas?
- No…
- ¡Ehhhh! ¿Qué pasa? Siempre hablás de eso y tenés un montón de libros... – dijo uno de los chicos. El otro fue más duro: ¡Un soldado no abandona a sus camaradas…!
- ¡No se enojen! Es que justo estaba pensando en la gran historia de un héroe de nuestra aeronáutica: “Capitán Cruz” es su nombre de guerra, Pablo Marcos Rafael Carballo, el verdadero. Y su historia es simple y transparente, pero tiene muchas caras. Unas no se explican sin las otras. Unas están llenan de valentía, gloria y perseverancia; otras de amor, silencio, entereza y sabiduría. Por eso no les contaré una, van a ir tres al mismo precio.
Hace un tiempo escribí en el diario La Prensa unos articulitos que se llamaban: “Partes de Guerra”. Allí trataba de recatar historias de los que seguían luchando. No me acuerdo cuántas notitas fueron, pero sí que me quedó la primera en el tintero. La empecé, di muchas vueltas y… no la terminé. Estaba dedicada justamente al Capitán Cruz. Pensé en primer lugar en él, porque fue uno de los que nunca abandonó la lucha. Ya les voy a contar sus proezas en el campo de batalla y cómo fue eso de que “nunca dejó de combatir”, pero quiero empezar por algo imprescindible: sus razones. El Capitán Cruz en realidad llegó a ser “Comodoro”, pero yo no entiendo eso de los grados militares, y me parece que ser “Capitán” es más. ¿A quién llamamos nuestro “Gran Capitán”?
- ¡A San Martín! – dijeron todos.
- ¡Siempre contestan bien! Bueno, volvamos a nuestra historia. La primera, les decía, está en las razones del heroísmo. Los grandes guerreros siempre han combatido por amor. ¿Por amor a quién? Simplifico diciendo que los malos han peleado por amor propio, por sus ambiciones… y los buenos por amor a los demás. Y esto me interesa; ¿quiénes son esos “demás” por los cuales se pelea?
- ¡Sus amigos! – dijo uno.
- ¡Su familia! – otro.
- ¡Por todos! – el tercero tiró al montón.
Y ninguno se equivocaba porque en Malvinas estaban todas nuestras caras.
- El “Capitán Cruz” siempre lo tuvo claro. Y probablemente fue el primero en contarnos a los argentinos cómo eran esas caras por las que peleó: su familia, sus camaradas... Vamos a ir nombrando a algunas. Pero tenemos que empezar por la más cercana: su esposa, Mirta Sorbera, la madre de sus seis hijos. Aclaro, aunque lo hablaremos después, que escribió muchísimos libros y allí nunca se cansó de decir el “por qué” peleaban. Así es que conocimos a Mirta y la admiramos. Cuentan que, pasado el 2 de abril de 1982, el día en que recuperamos las islas, Pablo estaba desesperado por ir a combatir: ¡para eso se había preparado toda su vida!
- ¿No tenía miedo?
- Los miedos siempre aparecen, ya lo vamos a hablar, pero acá estaba su misión. Mirta sabía que la Patria era su pasión, así que, lejos de temer, lo alentó. Me acuerdo haberle oído decir: “Sabía que era su misión y que tenía que acompañarlo. Estamos para donarnos a los demás.” El Capitán Cruz iba a ofrecer su vida y su mujer, iba a redoblar su coraje. Piensen en esto: tenemos a una mujer joven, con hijos chicos. Su marido en la guerra con altísimas posibilidades de morir, de hecho, murió un piloto de cada tres que combatieron. ¿Qué le pedirá a Dios esa mujer en sus oraciones? ¿Que lo cuide, que vuelva…? Sabemos que se arrodilló y rezó así: “Dios, si tiene que morir que muera, pero dame las fuerzas para seguir adelante”. Por encima de todo, hay que cumplir la misión que Dios nos dio y confiar en que es el Jefe.
En eso estaba nuestro Capitán: hizo proezas que lo sitúan junto a sus camaradas entre lo más heroico que conoció la aviación militar de todo el mundo.
Tan grande era su arrojo que un día su jefe la llama a Mirta y le dice: “Tu esposo está muy loquito, hacé algo porque lo van a matar”. ¿Ustedes creen que lo llamó y lo retó? No… Lo llamó y le dijo que iría a visitarlo a su base. “Yo quiero ir a darte un beso antes de que te maten”. Era difícil, porque los pilotos sabían que cada vez que partían a combatir, era muy probable que no pudiesen volver. Muchos no regresaban… Pero Mirta fue.
Mientras duraba la guerra sus mujeres se reunían a rezar el Rosario todos los días. Y todos los días, alguno de esos esposos iba cayendo en combate. Nuestra Fuerza Aérea tiene un espíritu especial: son una familia. Y una familia que tiene a Dios por garante. Así lo aprendieron, y ahí lo recordaban segundo a segundo, con sangre y dolor. Los que combatían con armas y los que, en la retaguardia, los sostenían.
A veces pienso lo injustos que fuimos. Dios preservó a nuestro Capitán Cruz para que siguiera luchando y le dio a Mirta para asegurar el buen resultado. La historia es lindísima y está escrita; algún día la leerán. También ella dio el buen combate como madre, como escritora, siempre al servicio de los demás. Pero quedaron muchas viudas, muchas madres solas y los argentinos no supimos acompañarlas como debíamos. Son heroínas, son las verdaderas Madres de la Patria.
Cuentan que Pablito, el hijo mayor , dijo durante la guerra: “Papá yo te extraño, pero quédate hasta que ganemos”. Perdimos... El Capitán Cruz volvió… No se pudo quedar, aunque lo hubiese querido. Pero desde entonces, siguió luchando con Mirta a su lado, sostendiéndose mutuamente. Fieles en el combate hasta esa victoria que un día llegará.
La próxima vez veremos las hazañas de guerra, hoy les conté por qué pelean los héroes.