Lo habían destinado a la 1° Sección de Tiradores de la Compañía A del Regimiento 3 de Infantería a último momento, por lo cual no había llegado a instruir a sus soldados y ni siquiera los conocía. De ahí que debía duplicar sus esfuerzos para formarlos en el lapso que quedaba antes del combate.
Los arengaba permanentemente y los hacía rezar. Rezar en demasía, como décadas después de la guerra todavía le reprochaban –con bonhomía– algunos de sus conscriptos. Me crucé con él varias veces en Puerto Argentino, lucía un escapulario en el pecho de su uniforme, andaba sucio y desprolijo, a diferencia de tantos oficiales que pululaban en el pueblo pulcros y limpitos. El teniente primero Víctor Hugo Rodríguez, el Chuly, de 33 años, los relojeaba con una mirada mezcla de sorna y desprecio: estaba orgulloso de vivir en un pozo de zorro con sus soldados, que tenían aspecto de mutantes.
Sus rostros ennegrecidos y sus ojos que brillaban como ascuas, se debían al hollín de la turba que encendían para calentar agua u otros menesteres. En esos breves encuentros, -dado que se enteró de mi origen- tocabamos también temas de historia militar rusa.
Muy afablemente, me recibió en su casa de Rosario, donde vive con la “estoica, férrea e inquebrantable” Graciela, su esposa y madre de sus cinco hijos.
LA MISION EN LAS MALVINAS
-Del combate que vos llevaste a cabo en el monte Wireless Ridge, -la noche del 13 al 14 de junio- trascendió bastante el episodio en que los soldados Tríes y Serrizuela rescatan y salvan al sargento Villegas, gravemente herido. Pero tu propia imagen a lo largo de estos años ha quedado un poco en la sombra, siendo vos el hombre que los conducía. Ese contraataque fue único, porque avanzaron por un valle, como por un campo de golf, a cuerpo gentil. Cuarenta hombres contra la maroma inglesa que se venía. ¿Qué misión habías recibido?
-A nosotros nos dijeron que el Regimiento 7 estaba cayendo y había que ir a reforzarlo. El capitán Zunino me da la orden: formemos la compañía y avancemos. Yo le digo: “Mi capitán, yo quiero estar allá arriba, no voy a pelear contra los ingleses desde abajo del valle de Moody Brook”. Y salgo, muy rápido.
WIRELESS RIDGE
Cada soldado tenía tres cargadores. El Chuly les ordenó que además llenaran dos medias con munición, les hicieran un nudo y las llevaran cologadas del cuello. Para evitar el efecto demoralizador que podía tener la visión de aquellos soldados del 7, muy maltrechos, que estaban retrocediendo en ese momento, en vez de ir en linea recta el oficial llevó a sus hombres por el albardón del mar. -¿El objetivo era subir al Wireless Ridge?
-Exactamente. No teníamos artillería ni morteros que nos estén apoyando. Rápidamente formé en cadena, un hombre al lado de otro, porque me daba cuenta que no tendría conducción, ni radio para poder manejar a mi grupo y el del subteniente Arístegui. Al jefe de compañía no lo encuentro y entonces me doy cuenta que estoy solo.
-¿Tampoco al jefe de operaciones?
-No, el jefe de operaciones, mayor Guillermo Berazay, no existió nunca, desde ningún punto de vista. Cuando veo que estamos con sólo dos secciones, le digo a Aristegui: “Subteniente, el que está a cargo de este contraataque a partir de este momento soy yo, no sé dónde está el jefe de compañía.
-¿No te enteraste de lo que estaba pasando?
-Nunca me enteré porque me mandaron cuatro estafetas y ninguno me encontró. Era un infierno, nos tiraba la artillería, nos tiraban los morteros y nos tiraban desde los barcos. Le hacen una barrera de fuego a mi sección que venía desplegada, una barrera de fuego de unos 200 metros por 50.
-¿Qué es lo que más te preocupaba en ese momento?
-Estábamos recibiendo ese fuego infernal y tenía un gran temor de que mis soldados aflojaran. Cuarenta años después el soldado Sergio Torres me dijo: “Mi teniente primero, yo me quería rajar, yo soy un hombre de avería”. -¿Cómo evitaste que se rajaran?
-Me fui adelante, no me quedó otra, me di cuenta en ese momento que ellos tenían que ver al jefe de la sección adelante. Y les hablé. Yo, como militar, tendría que haber impartido una orden clara, concreta y concisa, que es: al asalto. Yo no dije “al asalto”.
-¿Qué dijiste?
-Dije: “¡A lo gaucho, arriba, trote, mar... seguirme!”, Y los sorprendimos a los ingleses, los chocamos. Ahí cae el sargento Villegas y los soldados Tries y Serrizuela lo auxilian. Ahí un proyectil le destroza la rodilla a mi sargento Vallejos. La masa de los heridos la tuvimos en ese primer choque. Fue un combate de encuentro.
BUENA PUNTERIA
Los argentinos no tenían visores nocturnos para apuntar el fuego sobre blancos localizados. Tiraban casi a ciegas, por intuición y reflejo. Disparaban hacia donde veían el resplandor de las bocas de fuego enemigas.
-Ese combate es mencionado por fuentes británicas, inclusive una de ellas señala que tus hombres tenían buena puntería.
-Eso dicen. Es que estaban muy bien preparados, y tenían un espíritu alto. Mi emoción más grande es que varios de esos soldados de 18 años me pasaron.
-¿En qué sentido?
-Pasaron al lado mío. Yo iba primero y ellos, del ímpetu que llevaban, me sobrepasaron: el soldado Mazane, el soldado Izaguirre, el soldado Tries, el Cata Carballo, el Mono Paz. Me sentí muy aliviado: no estaba solo, mis soldados me empujaban también.
-Y en el momento del choque ¿vos viste que los ingleses entraron en confusión, retrocedieron?
-Fue muy reconfortante verle las espaldas a los ingleses. Ellos mismos admiten que se detuvieron durante dos horas. Con eso le permitimos al Regimiento 7 replegarse, mientras recibíamos la mayor cantidad de fuego. Al subteniente Aristegui yo le hago cambiar la dirección del ataque, que corte hacia el costado, pero el camina seis metros y cae herido. Llego hasta él, tenía dos soldados a su lado, rodilla en tierra, y escucho que uno de ellos le dice: “Pendejo, vos te portaste muy bien con nosotros, nosotros te vamos a sacar de acá”.
-¿Cómo lograste que tuvieran ese temple?
-En los pozos todas las noches les hablaba, los preparaba para entrar en combate. Para matar y morir. El sargento Villegas, el cabo primero Salor, el cabo Fariña controlaban los fusiles, que se limpiaban permanentemente…
FACTOR RELIGIOSO
Al llegar desde el continente a la Base Aérea Malvinas, el teniente primero Rodríguez había pronunciado una invocación a Cristo Rey y a la Virgen María, pidiendo protección y fortaleza. Luego les dijo en la cara a sus soldados, en forma dura y realista, que no todos regresarían y explicó los motivos de la presencia argentina en el archipiélago. Como en todas las demás unidades, el factor religioso se manifestó siempre.
-Escuché que Vallejos, el que cae herido y después pierde una pierna, atacaba llevando una Biblia…
-Si, si. Y la oración era permanente. Yo llevaba un escapulario de la Virgen pegado en el pecho, quedó negro por el hollín de la turba malvinera. Y me ayudó, porque la esquirla más chiquitita de toda la guerra me pegó en él. Si hubiera sido más grande, otra sería mi historia, la Virgen de Lujan me ayudó mucho.
-Algunos de tus soldados se quejaban de que los hacías rezar demasiado.
- (Ríe)… Si, rezábamos todas las noches después de cenar.
-Volviendo a ese contraataque, cuando avanzabas, ¿qué sentías?
-A partir de las ganas de triunfar, el miedo va desapareciendo y te desempeñás en el combate normalmente, respirás adrenalina pura. Yo tenía soldados de 18 años, algunos con dos meses de instrucción, otros con un año, pero todos fueron voluntariamente. Porque después de haber hecho el servicio militar, se presentaron espontáeamente en el cuartel, sin que los llamaran.
-Sin embargo, en algunas unidades, hubo casos de soldados que se tiraban un tiro en la pierna o en el brazo para que los llevaran de vuelta al continente. ¿En tu sección pasó algo parecido?
-Si, a mí me pasó. Un día llamo a mis soldados y faltaba uno. Lo buscamos y se había pegado un tiro entre los dedos del pie. Yo me lo cargué al hombro y lo lleve cinco kilómetros hasta el hospital. Y el médico me dice: “Bueno, retírese, ya no depende de usted, lo mandamos al continente en el primer Hércules que venga”. Pero yo le respondo: “No. Soy su jefe, y no vuelvo sin el soldado. Tengo 40 hombres que me están esperando. Si vuelvo sin este, ¿qué mensaje les estaría transmitiendo? ¿Péguense un tiro, que entonces la Chancha se los lleva a sus casas?” Después de la curación, volví a cargar al soldado y lo llevé a las trincheras: estuvo con nosotros hasta la rendición.
EL DESPUES DE LA GUERRA
Cuando finalmente llegó la orden de repliegue, los soldados del Chuly se encaminaron hacia Puerto Argentino en medio de una densa niebla. Repetían lunfardismos a voz en cuello para que no les fuera a disparar la propia tropa. Fue la última fracción en abandonar, a las nueve de la mañana, Moody Brook, el ex cuartel de los Royal Marines. A las diez se produjo el cese de fuego.
Tras la guerra Víctor Hugo Rodríguez ha estado realizando una sostenida labor malvinizadora y patriótica, siendo el fundador de la Asociación Sanmartiniana de Rosario, que ha llevado a más de cinco mil argentinos a recrear, a lomo de mula, el Cruce de los Andes.
- No hubo condecoraciones de la Nación para vos y tus hombres…
-No. Cuando volvimos, todos los jefes fueron expulsados de sus regimientos, los echaron y vino gente nueva, de escritorio, y decidieron ellos a quien distinguir, los veteranos no fuimos consultados.
- O sea que en vez de premiarlos y aprender de ustedes, fueron castigados.
-El castigo fue: ustedes no pueden permanecer más aquí adentro.
-¿Cómo explicás esto?
-No tiene explicación. Cuando volvimos de Malvinas nos encerraron -como en un campo de prisioneros- en Campo de Mayo. Nuestras familias nos esperaban afuera, detrás del alambrado y no las podíamos ni saludar. Pero nos quedamos con el orgullo de haber combatido en la guerra. Ni el alambre, ni las distinciones, ni nada se puede comparar con lo que nosotros trajimos de Malvinas y nos acompañará hasta la muerte: el honor y la gloria. El dolor pasa, pero el orgullo…el orgullo es para siempre. -Magnífico cierre, Chuly.
-Gracias por estar en mi casa. ¡Viva la Patria!
¡Viva!