"Buenas tardes, mi nombre es Oscar Moreno. Fui jugador de Los Murciélagos, el seleccionado argentino de fútbol para ciegos. Gané dos mundiales y también soy medallista olímpico. Todo eso se puede buscar en internet, por si alguien quiere corroborarlo. Ahora estoy vendiendo biromes y lápices. Cuatro por mil pesos. Cuatro por mil pesos", repite el hombre con buen tono de vendedor ambulante dentro de un vagón del tren Sarmiento. Su vozarrón tapa el murmullo de las vías y los diálogos de los pasajeros quedan en segundo plano.
Moreno fue crack en serio. No alardea ni mucho menos. El exfutbolista estuvo en una de las mejores épocas de Los Murciélagos. Le decían El Muro porque, si él integraba el equipo, nadie podía superar la defensa argentina. Perteneció al elenco estable de esa selección entrañable que se consagró campeona en los Mundiales de Brasil 2002 y Argentina 2006. Es bicampeón del mundo y también logró la medalla de plata en los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004. Además, se consagró con la selección en la Copa América en 2005 que se disputó en Río de Janeiro y defendió los colores de River. Su currículum, como deportista adaptado, es impresionante. Pero… pero… tiene que vender biromes y lápices para darles de comer a sus hijos. ´´Acepto mercado pago´´, anuncia proyectando su voz.
Guardo el libro que estaba leyendo sentado contra una ventanilla, me paro y me arrimo despacio cuando hace una pausa en su trabajo. Me presento y entonces me cuenta sobre su actualidad. Según expertos en fútbol ciego que lo vieron jugar, fue el mejor del mundo en su puesto durante muchos años. ´´Es que tengo cuatro pibes. Son muchos, ¿no? Y comen mucho, ¿eh?´´, me dice y se sonríe parado cerca del furgón después de que le pregunto por qué se ve obligado a recorrer los trenes del Sarmiento para subsistir un tipo como él, luego de haber sido un deportista de élite.
Moreno tiene 50 años y todavía físico de futbolista. Está intacto. Si no fuera por el bastón blanco que usa, muy pocos podrían darse cuenta de que el hombre no ve. Ventajas que solo otorga el deporte a quienes lo practican o lo practicaron. Con tantos años de andar a oscuras por la vida y corriendo detrás de la pelota en medio de grandes competencias, su discapacidad se transforma en un tema menor para él. Y por eso se mueve con soltura dentro de una formación en marcha y que va llena de gente. Su andar puede asombrar a cualquiera que no conoce del tema.
Pero otra cuestión es el trabajo. Ahí ya no se le hace nada fácil. En Argentina no resulta sencillo subsistir para nadie. Y menos para un ciego por más exdeportista exitoso que haya sido. Le pregunto por el tema y, lejos de quejarse, resume su actualidad con absoluta tranquilidad. ´´ La verdad es que, por haber ganado la medalla paralímpica, me pagan dos jubilaciones mínimas. Y no me alcanza, obvio. Por eso tengo que salir a vender. Pero no me quejo. Me tratan bien en la calle. La gente, la policía, los otros vendedores. Son buenos conmigo. Salgo a laburar y listo´´ me dice bien vestido, prolijo y con voz clara mientras charlamos parados cerca de una puerta del vagón en el que viajamos rumbo a la terminal de Once.
Le cuento que, por mi profesión, me tocó conocer de cerca su deporte, que suelo estar en contacto con excompañeros suyo, algunos campeones del mundo. Le pregunto si no le pueden hacer un lugarcito ahora en Los Murciélagos y me contesta, otra vez muy tranquilo, que ´´eso no es fácil. A veces hay cuestiones políticas que hacen que se complique todo. Pero estoy bien, no pido nada´´.
Como lo veo flaco, fino, le pregunto si sigue jugando al fútbol. Y entonces me tira una primicia, pero lo hace con timidez. ´´El otro día me llamó Silvio (Velo, quien fuera el emblema, capitán y mejor jugador de la historia de Los Murciélagos y del mundo por aquellos años) para que me sume a un equipo de veteranos que está armando´´. Por ahora lo toma solo como una posibilidad que le gustaría pero que es apenas eso, una chance. Me lo cuenta y se le ilumina la cara por la idea de regresar al fútbol.
Algunos pasajeros nos miran y escuchan la charla de costado, tenemos público a esta altura. Adivino que se entretienen un poco. Le compro un pack de sus biromes y lo dejo seguir trabajando. Nos saludamos como si nos conociéramos de toda la vida. ´´No dejes el fútbol´´ le digo un poco atrevido, mientras me despido. ´´No, no´´, me responde y se da vuelta para atender a una señora que le toca el brazo para que le muestre los productos que vende. ´´Son cuatro por mil pesos. O le puedo dar dos biromes y dos lápices negros, si prefiere. Valen lo mismo´´, le dice y le ofrece la mercadería a la potencial clienta.