Sombras que anidan en el alma

Las noches veladoras

Por Carlos María Romero Sosa

Prosa Ediciones. 74 páginas

En medio de la noche se puede estar despiertos por muy diversas razones, empezando por el mortificante insomnio que perturba el sueño, que el autor de estos poemas confiesa padecer, y que obliga a aguzar ojos y oído. Carlos María Romero Sosa muestra por momentos esa sensibilidad intensificada que trae la vigilia, y que dispone a examinar con atención tanto los ruidos de la noche como las sombras que anidan en el alma.

En Las noches veladoras hay atisbos de esa indagación interior que Romero Sosa ya había emprendido en Fantasmas de otoño. Algo así como un ajuste de cuentas consigo mismo donde se intuye un fondo bíblico: la necesidad que tiene todo cristiano de estar preparado para cuando llegue la hora.
Viene a la memoria la actitud prudente que en la parábola adoptan quienes toman recaudos para mantener durante la noche sus lámparas encendidas, que es una figura de la fe. Es el cumplimiento del mandato divino: “Velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

A esa idea de una vida bajo examen conducen el título y algunos de los versos que componen este nuevo poemario. Como, por ejemplo, “Temor y temblor”, soneto que abre este volumen y que alude a antiguas “pendencias” y “extravíos” que debilitaron la fe del autor o la empañaron detrás de cuestionarios y dudas.

El mismo temor, la misma aflicción, de quien se preocupa por no terminar como “la vid que dio frutos agrios”, en lugar de uvas.

Pecado y tentación, pero también resistencia de un alma que sabe que “cobija en sus pliegues la providencia del Angel de la Guarda en lucha con nuestros propios demonios”, conviven en estos versos. Un combate del que da cuenta también otro texto, “Militia est vita hominis super terram”, que nos recuerda que la victoria del día puede dar paso a la derrota nocturna.

Dolor y soledad, tristeza de envejecer, recuerdos varios y hasta los desafíos que plantea la escritura se entrelazan aquí con la esperanza, la confianza en Dios y la belleza de la creación. Como apunta Antonio Requeni, es “la búsqueda de un significado trascendente aún en los mínimos objetos, los sucesos cotidianos y los ocultos mensajes de la realidad” lo que registra Romero Sosa en medio centenar de sonetos, estrofas con aire de copla y versos libres, que incluyen citas de San Juan de la Cruz, Isaías o Francisco de Quevedo.

Romero Sosa, poeta, ensayista y crítico literario de larga vinculación al suplemento cultural de este diario, tiene más de una quincena de libros escritos desde 1975. Ofrece aquí unos versos de tono melancólico, que a veces obligan a demorarse para saborear el contraste inesperado de sus palabras, como en la “paz estallada” o el “libro que acopió el olvido”.

Preceden a este poemario unas afectuosas palabras en el prólogo de otro poeta conocido por los lectores de este diario, Jorge Raúl Encina, quien destaca, entre otras cosas, los homenajes que Romero Sosa prodiga en estas páginas a Graciela Maturo y Jorge Sichero.