DELFINA BUNGE (1881-1952) SE MANTUVO FIEL A LA DOCTRINA FRENTE AL DEMOCRATISMO LIBERAL

Retrato de una católica valiente

La reciente biografía escrita por Horacio Sánchez de Loria traza la semblanza de una mujer cálida y comprensiva que no rehuyó intervenir en los grandes debates de su tiempo.

 

POR IGNACIO BALCARCE

El nuevo libro de Horacio Sánchez de Loria -destacado miembro de la Academia Nacional de Historia- nos pone frente a un conjunto de tensiones que asomaron dentro del catolicismo en la primera mitad del siglo XX. Se trata de una semblanza de Delfina Bunge (1881-1952), una piadosa católica con notable y delicada sensibilidad social, que con valientes posicionamientos y artículos en la prensa local consiguió irritar a las facciones del catolicismo liberal en auge para la época.

Delfina fue poeta, ensayista, traductora, perteneciente a la famosa familia de intelectuales hijos del juez de la Corte Suprema de Justicia Octavio Bunge, y casada con el gran novelista Manuel Gálvez. Este paisaje tan variado en personalidades e ideas, donde se entrecruzan católicos con nacionalistas, positivistas, liberales y socialistas, es registrado en la obra con numerosas anécdotas que muestran la sencillez y grandeza de Delfina; enemiga cabal del error y la mentira pero cálida, empática y comprensiva con todo su entorno, y siempre preocupada por el alma de sus hermanos alejados de la fe.

Los conflictos con sectores del ámbito católico aparecen cuando Delfina establece posición frente a los sucesos políticos del momento, buscando sus referencias en la doctrina de la fe y el magisterio de la Iglesia. El autor de Delfina Bunge: Una católica militante en tiempos turbulentos se detiene en dos acontecimientos puntuales: la segunda guerra mundial y el 17 de octubre de 1945, nacimiento del peronismo.

LA II GUERRA MUNDIAL

Delfina fue acérrima defensora de la neutralidad argentina frente a una guerra ajena, entre naciones ateas y herejes contra paganas. Sostuvo que ningún bando estaba en condiciones morales de pedir adhesión a los católicos. Y sin defender nunca la causa del Eje, ni pretenderse experta en política exterior, entró en conflicto con los católicos liberales por sustraerse de los esquemas simplificadores que planteaban el tablero internacional como una lucha entre buenos y malos, defensores de la democracia y la libertad y aquellos que gozaban con la represión y el autoritarismo. Por supuesto que esgrimir este tipo de argumentos ya bastaba para ser tildado de totalitario, fascista y pro-nazi en los medios aliadófilos.

Para Delfina estaba claro que la guerra era una lucha de intereses económicos, por ganar mercados y conquistar poder. Entendió que la Argentina necesitaba soluciones argentinas, que no vendrían ni de los liberales y comunistas ni de los fascistas. Condenó las ideas racistas del nazismo, pero fue más allá y señaló el origen inglés de las ideas eugenésicas, su aplicación en las colonias británicas, como la validación y difusión de esos postulados en Estados Unidos y Francia.

La destreza del autor para moverse en los archivos históricos arroja un interesantísimo seguimiento de artículos de prensa que muestran el ida y vuelta de las publicaciones de Delfina y las réplicas que recibía. Las reacciones más virulentas llegaban desde la revista Orden Cristiano, órgano de los católicos liberales.

Estos eran los católicos que habían asumido la cosmovisión del americanismo -condenado por León XIII en 1895 y 1899-, que defendiendo el modelo político-institucional de Estados Unidos exigían comprometerse en la guerra con los aliados. El brote de esta herejía que buscó compatibilizar el catolicismo con los hábitos propios del pragmatismo democratista norteamericano se debía en gran parte a la influencia de la filosofía personalista del segundo Maritain, que visitó nuestro país en 1936.

Interpretó que era sesgado denunciar el nazi-fascismo y guardar silencio frente a otras ideologías también condenadas por el magisterio eclesial: liberalismo, comunismo, masonería y protestantismo. Lo expresó y padeció la incomprensión.

Entiendo que la observación más valiosa que hacía Delfina sobre el americanismo era la de que siempre existieron guerras de religión, pero en ese momento deambulaba un fenómeno distinto, de otro orden, la religión estaba siendo usada para defensa de un modelo político. Se estaba asociando y subordinado el cristianismo a la ideología de la democracia liberal.

IDOLATRIA

Más allá de la manipulación oportunista que pudiera haberse hecho de la religión para respaldar la causa de los aliados, Delfina pareció intuir algo más profundo que hace a la esencia del catolicismo liberal. Quizás haya vislumbrado que los católicos democratistas priorizan el factor contingente y procedimental de la democracia al colocarla por encima de las verdades evangélicas que están llamados a defender. El aspecto instrumental es resguardado por encima de los principios de la fe. En esa desviación que invierte los valores ya hay una idolatría, una religión de la democracia. En otras palabras, el cristiano democratista es mucho más demócrata que cristiano, y su religión ha quedado supeditada a un sistema político, mera hechura humana. El absoluto ya no es Dios y su revelación sino el régimen liberal al que deben adecuarse Dios y su revelación.

Es destacable la lucidez y el coraje que tuvo Delfina para lograr ampliar perspectivas en tiempos turbulentos de tanta confusión, y lo hizo tratando de demostrar que era insensato rasgarse las vestiduras ante las desmesuras alemanas cuando todo nuestro país se desmoronaba en la decadencia por culpa de la secularización liberal que arrasó con la educación y las costumbres.

Ella interpretó que era sesgado denunciar el nazi-fascismo y guardar silencio frente a otras ideologías también condenadas por el magisterio eclesial: liberalismo, comunismo, masonería y protestantismo. Lo expresó y padeció la incomprensión.

EL 17 DE OCTUBRE

El otro aspecto que el historiador se detiene a analizar es el clima social argentino en la inmediata posguerra; el agotamiento del modelo económico, los pedidos de restauración democrática, el llamado a elecciones, la figura de Perón, la oposición reunida en una heterogénea Unión Democrática, los sindicatos, el temor a perder conquistas sociales, y un conjunto de contradicciones que dieron lugar al 17 de octubre de 1945 cuando trabajadores de los arrabales de la ciudad acceden al corazón de Buenos Aires para manifestarse. Delfina va a presenciar ese despliegue multitudinario desde los balcones de su casa en la avenida Santa Fe.

La historia del peronismo con la Iglesia termina mal y Delfina no vivió para verlo completamente. Pero aquel episodio disruptivo de la historia social argentina conmueve a la ensayista que redacta un artículo para el diario El Pueblo provocando un profundo revuelo.

Delfina contempló una marcha pacífica, respetuosa, hombres humildes que se persignaban al pasar por las iglesias; un reclamo legítimo de personas que querían vivir con dignidad y decoro; la exigencia de justicia social de la que había hablado Pio XI en Quadragesimo Anno. Eran los postergados del sistema ganando protagonismo en una ciudad que les había dado la espalda. Por supuesto, no tardaron en lloverle ponzoñosas críticas.

Este nuevo libro editado por Mil Palabras se suma a la vasta bibliografía producida por Sánchez de Loria, toda ella orientada a reflexionar sobre el pensamiento católico, sus posibilidades sociales y los vínculos con la política y el orden jurídico.