Religión y política
Señor director:
«De nuevo le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: 'Todo esto te daré si postrándote me adoras’» (Mateo 4:8-9).
En el curso de unas pocas semanas, se publicaron tres artículos donde se argumenta a favor de la integración de la religión con el estado o la política. Especialmente, de la religión católica y su doctrina social, que penetra los estamentos de la sociedad política en todas sus variantes.
Los autores de los artículos abordan el tema partiendo de la base de que se está frente a la dicotomía falsa de que la iglesia debe estar separada del Estado, la cual pretenden erradicar con argumentos elaborados por sucesivos pontífices y escritores católicos. En el primer artículo, quien escribe es un dirigente del partido Demócrata cristiano, que concluye que el apotegma bíblico de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” significa que “en este mundo de los hombres, debe haber espacio para Dios y para el César, que ambos pueden convivir”, lo cual justifica plenamente el involucramiento de la religión en la política y los movimientos sociales.
Los otros dos artículos enfocan el razonamiento a partir del reino de Jesucristo (“¿Cristo reina, o no?”, “Qué hacer para que Cristo reine”). En síntesis, se puede resumir el primero en que, si Cristo es Dios, es dueño de todo, reina sobre todo y todos, entonces todos deben avenirse a acatar ese reinado, lo cual trae, indefectiblemente, la paz y la justicia. En el segundo, el acento recae en que los laicos católicos deben asumir “el ejercicio del poder temporal cristiano”, ubicándose “lo más lejos posible de esta enfermedad teórico-práctica que es el clericalismo”.
Esta dialéctica entre Estado y religión o Estado más religión, pone al catolicismo en estado de alerta ante las corrientes sociales que amenazan su presencia e intervención en la vida de Occidente.
La pregunta de si Cristo reina o no, creo que es el meollo de la cuestión, porque interpela (aunque no sea esa su intención) la verdad bíblica acerca de la veracidad del reino de Jesucristo en la tierra. No podemos acercarnos a la esencia de esa declaración sin recurrir a las Sagradas Escrituras, sin las cuales, jamás conoceríamos de la existencia de Jesucristo ni de su obra. Todo lo que se haya escrito después del Apocalipsis es mera interpretación humana… de ahí que hayan surgido con el tiempo religiones que específicamente hacen hincapié en el reino de Jesucristo.
A pesar de que todos los articulistas citan pasajes del Nuevo Testamento, inmediatamente, ponen una objeción sobre ellos. Veamos este ejemplo: “…es cierto que no puede confundirse el Reino de Cristo con ningún reinado temporal ni identificarse tampoco con ningún ordenamiento humano. Sin embargo, aclara Pío XI…”. O este otro: “Podrá objetarse válidamente que fue el propio Cristo el que le respondió al gobernante romano: ‘Mi reino no es de este mundo’. Pero, frente a esta objeción, el pontífice también ofrece una respuesta…”.
Está muy claro como la palabra de Dios es relativizada y puesta en un segundo lugar frente a la doctrina de la religión. El lector común toma esto con naturalidad, porque es parte de su acervo religioso con que fue instruido, pero el lector que busca en la Biblia, verá que hay una abundancia de textos acerca del reino de Jesucristo en la tierra que lo describen con claridad y no admiten duda en su interpretación.
Quiero señalar solo un par de puntos: el texto del encabezamiento nos muestra claramente que este mundo está gobernado por alguien que no es, precisamente, Jesús sino el diablo. El apóstol Juan agrega: «Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno» (1° Epistola 5:19). Es inútil y necio pretender que el mundo, todo el mundo -gobernantes y gobernados- acepte cambiar de mandatario y abuenarse con Dios. Jesucristo no puede establecer su reino entre los hombres mientras el diablo siga actuando. Como dice Pablo a los hebreos: “Todo lo sometiste bajo sus pies. Al someterle todo, nada dejó que no le estuviera sometido. Mas al presente, no vemos todavía que le esté sometido todo” (Carta a los Hebreos 2:8).
Su reino terrenal tiene claramente determinado cuánto durará y cómo será: “Ocurrirá cuando el diablo sea anulado (encarcelado) por mil años. Allí, Jesucristo vendrá a gobernar a un mundo sin la influencia diabólica, pero sobre hombres y mujeres aun pecadores, por lo cual su dominio será “con vara de hierro”, como dice la profecía (véase Apocalipsis 20:1-10).
En resumen, la Iglesia de Cristo no viene a intervenir en un mundo irredimible sino a predicar la salvación personal. Cada persona que sigue a Cristo y su palabra, se somete a las regulaciones del mundo (el César), pero no se hace parte de él. Va a ayudar a todos en lo que pueda, pero sabiendo que su testimonio inconfundible es a escapar del juicio que viene sobre el mundo.
ENRIQUE ABEL SUÁREZ
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