Los actores de la curiosa oposición a Milei

Por Carlos Daniel Lasa * 

Algunos analistas señalan que en la Argentina habría nacido una nueva oposición al gobierno de Javier Milei. Esta oposición estaría integrada por parte de la jerarquía de la iglesia católica, a la que se sumarían algunos presbíteros (pertenecientes, en su mayoría, a la Capital y el conurbano de la provincia de Buenos Aires). A este conglomerado se añade no solo un laicado al que estos últimos manejan sino también restos del propio kirchnerismo que sumió a la Argentina en una debacle cultural (de la cual nos resultará difícil salir) durante sus sucesivos gobiernos.

Esta novedosa oposición tendría dos jefes: uno que habita en Roma y es su Obispo, con sus corifeos dentro de la Conferencia Episcopal Argentina, y la otra, la ex presidenta de la República Argentina, Cristina Fernández.

No me animaría a afirmar de modo taxativo que esta alianza opositora se haya conformado de manera efectiva. Sí pueden observarse gestos y posiciones políticas convergentes entre el Papado y sus seguidores/ejecutores en Argentina.

Resulta curioso que la Iglesia católica, a pesar del grave enfrentamiento que mantuviera con Perón, establezca esta unidad con un grupo político que ha conducido a la muerte al propio peronismo (Cfr. La Prensa, Sección Opinión, 16/01/2024). Quizás se deba a que tienen algo en común: la desacralización tanto del catolicismo (por parte de algunos de sus miembros) como del peronismo (de manos del kirchnerismo).

Así como el nuevo catolicismo ha anulado la dimensión sobrenatural trascendente, el kirchnerismo se ha ocupado de borrar la dimensión religiosa inmanente del peronismo. Lo cierto es que la alianza entre los “desacralizadores” pareciera tener cierto asidero. Por lo tanto, es menester conocerlos.

Considerando que ya he explicado, en el artículo referido precedentemente, cómo se ha producido la desacralización del peronismo, pasaré a ocuparme, ahora, de mostrar cómo se ha originado la de la Iglesia católica dando lugar a la existencia de una nueva “Iglesia”.

LA NUEVA ‘IGLESIA’

Si bien no resulta fácil precisar la causa de la transformación que se ha operado en el seno de la Iglesia católica, comenzando por la parte más alta de su jerarquía, me aventuro a afirmar que la libido dominandi ha tenido que ver directamente con ello.

Agustín de Hipona, en su “De civitate”, ha referido que el “deseo de dominio” es una característica inherente al pecado y a la corrupción humana. Para Agustín, este deseo ardiente de poder es una manifestación de la rebelión del hombre contra Dios, y es, además, una de las causas principales de la violencia y del conflicto en el mundo.

Me explico mejor. A nivel de las ideas, en la cultura occidental, a partir del siglo XVIII, se había impuesto una idea de modernidad hegemónica que, incluso, había sido comprada, sin crítica alguna, por parte de los mismos católicos. Esta idea sostenía que el tiempo moderno era portador de un valor muy precioso, cual era una inteligencia humana, que ya no necesitaba de ninguna instancia sobrenatural para completarse. Luego, todo se direccionaba hacia la radical inmanencia.

Ya no era concebible sostener la idea de un Dios perfecto situado más allá de la historia. De ahora en más, el hombre, única causa creadora de la historia, mediante su acción podía crear las condiciones para que, finalmente, pudiera ser feliz dentro de la misma tierra sin necesidad de ningún cielo, promesa o espejismo. Es en esta instancia en la que se plantea, en algunos católicos, la disyuntiva: ¿qué elegir?, ¿la Verdad o el poder?

Algunos no tuvieron duda alguna al respecto: el poder debía ser la opción fundamental. La verdad ya no se les presentaba como un elemento útil y atractivo en este mundo. Esta opción fue asumida por el denominado “modernismo católico” y se ha prolongado hasta nuestros días, incluso ejerciendo un manifiesto dominio dentro de las más altas esferas eclesiásticas.

Siempre me resultó curioso que el filósofo italiano Giovanni Gentile se haya inmiscuido, a principios del siglo XX, en el debate acerca del modernismo católico y de su condena por parte del Papa San Pío X.

Y tampoco puedo olvidar la plena convergencia del pensamiento de este filósofo actualista, alma del fascismo italiano, no solo con los denominados teólogos de la secularización sino, por nuestros días, con los católicos opositores vernáculos.

Lo refresco a vuelo de pájaro. Gentile considera que el catolicismo romano, tal como se presenta, no tiene cabida alguna en el mundo moderno. Por esta razón es preciso darle una “forma nueva” que se adapte a la mentalidad inmanentista de la modernidad.

Para que esto suceda hay que purificar al catolicismo, quitándole aquel elemento que le impide mimetizarse con los nuevos tiempos. Así, el dilema ético verdad-error es reemplazado por el binomio viejo-nuevo, conservador-progresista.

El elemento del cual el catolicismo debía desprenderse, y de un modo definitivo, era la metafísica griega. Y esto porque la metafísica griega está dominada por el ideal de una verdad absoluta, eterna, objetiva, frente a la cual el hombre se muestra como un mero espectador.

Desde el momento en que el católico clausura la posibilidad de que la inteligencia participe de una realidad que siempre es, clausura la idea de un Dios eterno distinto de este mundo. Consecuentemente, deja de creer en una revelación sobrenatural que tenga su origen en ese Dios que ha matado definitivamente.

Este nuevo catolicismo ya no puede creer en la revelación sobrenatural, aunque sí puede seguir apostando por el hombre que, mediante la acción política, puede redimir a los otros hombres.

Queda claro que el objeto de la fe ha sido cambiado: del Dios eterno se ha pasado a un hombre auto-suficiente. De allí que la nueva “Iglesia” pase a ocuparse, de manera exclusiva y excluyente, de aquel bien que, una vez abandonado el Dios trascendente, se convierte en la dimensión fundamental de lo humano: el bien socio-político.

Así, por ejemplo, un alto dignatario eclesiástico, hace pocos días, ha pedido disculpas a todos aquellos que se han sentido ofendidos por los hechos acaecidos durante la celebración de una misa, sin hacer mención alguna al acto inaceptable que se había cometido desde el punto de vista litúrgico.

La Iglesia, creo, está viviendo aquella grave crisis de la que hablara el gran teólogo español Cándido Pozo, la cual radica en la existencia de dos teologías de signo contrario: una teocéntrica, de dirección vertical; y la otra, antropocéntrica, de dirección horizontal.

De ahora en más, la nueva “Iglesia” deberá poner todas sus energías en la construcción de una ciudad terrena que sea justa. ¿No era esto, acaso, lo que proclamaba el denominado justicialismo? Entonces, ¿qué sentido tendría estar enfrentados por una cuestión absolutamente menor (por ejemplo, la quema de las iglesias por orden de Perón) si lo sagrado de la nueva fe consiste en realizar un mundo mejor? Luego, un católico que quiera serlo de verdad, no puede ser sino peronista. Catolicismo y justicialismo pasan a ser términos intercambiables.

Winston Churchill había expresado que “Perón es el único militar que ha quemado su bandera y el único católico que ha quemado sus templos”. Ignoro si Churchill era cristiano, pero sin duda alguna tenía en claro que la dimensión sobrenatural, sagrada, era la dimensión fundamental del catolicismo. Me imagino su absoluta perplejidad frente a la conducta de católicos (obispos, presbíteros y laicos) que, simbólicamente, se ocupan de incendiar a la mismísima Iglesia católica.

LOS DESACRALIZADORES CONTRA MILEI

Resulta justo referir que este espíritu piromaníaco reinante en los católicos que hemos referido no se aplica a la totalidad de la Iglesia católica. Muchos fieles a su fe (la mayoría) buscan contemplarla, comprenderla y vivirla.

Incluso muchos de ellos se encuentran dentro del mismo Episcopado, aunque con una actitud de extrema prudencia frente a las seguras represalias que sufrirían si manifestaran, abiertamente, lo que realmente creen y piensan. Aquellos que lo padecieron en carne propia pueden dar fe de mis palabras.

Esta mayoría de católicos, advirtiendo, a partir de un claro sentido de la fe, que “algo anda mal” en la Iglesia católica, ya no escucha las enseñanzas de la jerarquía porque desconfían de la misma. Aunque en realidad, esta última ya no se ocupa de enseñar el contenido de la fe. En realidad, todo su tiempo es absorbido por las cuestiones político-sociales.

Algo parecido sucede en algún sector del peronismo, aunque de manera más acotada. Para algunos peronistas, el kirchnerismo ha desacralizado la mística de militancia y la ha reemplazado por un desborde cleptómano.

Este kirchnerismo, al igual que los miembros de la nueva Iglesia, se presentan como desacralizadores, progresistas, eficaces destructores de aquel tronco del que nacieron.

Dominados por la “furia de la destrucción” se alimentan de la misma negación. De sus espíritus surge una infertilidad devastadora que a todo convierte en tierra arrasada.

A esta nueva oposición se enfrenta el gobierno de Milei. Este último debiera saber que en la misma no reside ninguna “fuerza del cielo”, sino que todo lo que hay en ella pertenece a la tierra. Esa “Iglesia”, en realidad, representa la peor forma de corrupción que puede sufrir la religión: el clericalismo.

El destacado filósofo Étienne Gilson señalaba que la perversión de este clericalismo consiste en instrumentalizar lo sobrenatural en orden a la obtención de ventajas en el ámbito de lo natural. A pesar de la utilización de santos ropajes, la libido dominandi pareciera ser su verdadera fuente de inspiración.

UNA CONSIDERACIÓN FINAL

La “libido dominandi” a la que hago referencia (que inspiraría a algunos miembros de la Iglesia católica) también está en la génesis de aquellas posiciones que convirtieron a la Iglesia en furgón de cola de diversas posiciones políticas. Si bien estos católicos no desnaturalizan al menos de modo directo a la Iglesia, sí la han convertido en instrumento al servicio de proyectos seculares que se encuentran alejados de la doctrina católica.
Han sido estos católicos quienes, habiendo renunciado a la inutilidad de la verdad a favor del dominio en el campo político, han imposibilitado a la Iglesia generar una cultura propia. Atraídos y ocupados por el poder, han omitido la contemplación y el cultivo de aquella Verdad que, si bien no sirve, es la fuente principal del cultivo pleno del hombre y del cristiano. Y de este cultivo dependerá, sin duda alguna, la calidad de la vida política.

Esta incapacidad ha llevado al catolicismo, algunas veces, a adherir a posiciones políticas que algunos católicos consideraron que, de modo absolutamente ingenuo, realizarían el ideal cristiano.

Algunos vieron en el fascismo esa posibilidad, otros en el Perón de los primeros años. Hoy, la historia vuelve a repetirse. Algunos imaginan que han encontrado a ese grupo político que lo efectivizará. El despiste, pues, continúa.

*  Doctor en Filosofía de la Universidad Católica de Córdoba.