UNA MIRADA DIFERENTE

La pesadilla americana

De un solo manotazo, Estados Unidos exhibió su decadencia como líder mundial y al mismo tiempo sembró las bases de la aniquilación del Capitalismo, o de lo poco que de él quedaba en pie.  

Las filminas de cartón con los aranceles con que Donald Trump celebró su autodefinido Día de la liberación y su planteo de que su país había sido abusado por sus aliados al aplicar a los productos que les compra recargos de importación mostraron las grandes debilidades conceptuales y de resultados que padece el otrora regente del orden mundial. 

La más evidente y notoria es el desconocimiento de la historia del último siglo, de los tratados, alianzas y pactos que le permitieron a ese país convertirse en la primera potencia mundial. Inmediatamente le siguen la supina ignorancia de las consecuencias de medidas económicas que ahora se copian que generaron la ruina de su sociedad y la de todo el mundo hace un siglo. 

La tercera y más riesgosa es la concepción que el líder máximo del mundo libre tiene de la política internacional, del comercio mundial y del funcionamiento de la economía en general. Su voluntarismo y simplismo igualan al menos los de los comunistas nostálgicos de barricada, que sueñan con gobernar el mundo con ideas voluntaristas y acusaciones a los poseedores de riqueza, y cuando tienen la oportunidad aplican medidas salvíficas que terminan en el desastre. 

Un vicio fatal

El desprecio por la acción humana y su desconocimiento. Su olvido del criterio de los mercados comparados, y de la importancia de la competencia en favor del consumidor. Vicio fatal conocido en la historia, al igual que sus consecuencias. La simplificación del ignorante. Porque habrá que recordar que el actual habitante de la Casa Blanca nunca fue un gran hombre de negocios, ni un sagaz inversor, ni un emprendedor de riesgo, mucho menos un experto en los temas en los que ahora incursiona personalmente como si supiera, o como si hubiera recibido un soplo de inspiración divina. Para no tener que explicar lo que sí fue. 

Si esta introducción parece para algunos contundente, descalificante y atrevida, habría que preguntarse si no resultan más arbitrarias, prepotentes y desaforadas las decisiones que toma el presidente Trump, con las que azota al mundo. 

La caída de las bolsas -siempre provisorias y demasiado instantáneas- son apenas un indicador temprano de lo que presagian esas medidas que se usan como arsenal bélico, suponiendo efectos con los que siempre soñaron quienes las aplicaron antes, con el mismo estilo y con los mismos resultados opuestos siempre, que se espera, tal vez, que ahora serán distintos, como imagina cualquier gobierno bananero que se precie. 

El proteccionismo, keynesianismo, cepalismo, sustitución de importaciones, “vivir con lo nuestro”, cierre comercial y similares, además de no ser una novedad, ha sido a través del tiempo la mayor fuente de miseria, desempleo, estancamiento, depresión y falta de crecimiento de los pueblos, o del mundo todo, cuando fue aplicada por las naciones centrales, como ocurrió con el Reino Unido y el propio Estados Unidos. La evidencia empírica está disponible, para quien tenga tiempo y ganas de analizarla. 

No muy distinto a la realidad que siempre se trata de explicar a los estatistas que quieren cerrar la economía para proteger las “fuentes de trabajo”. Ahora aplicable a Trump, que parece haber abrevado en Perón y sus seguidores, o en cualquier neomarxista disfrazado de heroico defensor de su industria cara e ineficiente. 

El lamento de un perdedor

Trump sostuvo originalmente que aplicaría tarifas a China porque representaba una amenaza a la seguridad nacional, prohibió invertir en ese país y amenazó con otras sanciones, recargos y penalidades diversas a quienes integraran sociedades con esa potencia. Estaba comenzando a admitir sin decirlo que su país había perdido la carrera tecnológica, la carrera industrial y también la carrera comercial y acaso la guerra potencial sin aditamentos con el gigante asiático, cuyo desarrollo fue negado sistemáticamente por el sistema americano, menospreciando su evolución. 

Pero luego viró en el planteo, se enamoró de los recargos y sosteniendo la precaria creencia de que eran un impuesto que se cobraba a los vendedores (y no al consumidor norteamericano) alardeó con crear una IRS (DGI) para el mercado externo, una concepción que muestra la ignorancia sobre la naturaleza de esos mecanismos. 

En este momento comienza el tironeo con las propias empresas americanas, que por un lado tratan de explicarle que en otro momento más inteligente de la historia el mundo se fue integrando y que dependen de insumos que ahora subirán de precio con lo que sus productos serán menos demandados y perderán ventas y empleos. 

Por otro lado, otras empresas le explican que, lejos de amedrentarse, varios países están respondiendo a su vez con subas de aranceles, lo que perjudicará a muchas industrias selectivamente. Asusta pensar en una guerra comercial. 

Camino a la inflación

Todavía no se ven los efectos sobre los precios y el nivel de consumo, pero no hace falta dotes de adivino para saber que lo que ya ocurre con los autos, que han subido fuertemente de precio antes de concretarse las medidas, ocurrirá con buena parte de la producción de consumo interno y aún de exportación, como sabe bien Argentina que sucede con estos manoseos impositivos. (En definitiva las filminas de cartón son un resumen de los nuevos impuestos que sufrirá el consumidor americano)

Hasta ahora el emisionismo desaforado que empieza en 2000 con la quiebra del fondo LTCM, sigue en aumento mayor con la crisis de los subprime de 2008, donde se salvó a los bancos de una merecida quiebra y se vuelve escandalosa y explosiva con la pandemia durante el propio Trump y Biden, hasta ahora no transformado en inflación gracias a la FED y al comercio internacional más libre, inexorablemente se manifestará ahora en los precios. 

Cuando acusa a los países amigos de haber sacado ventajas de Estados Unidos, como si esa nación fuera una niña inocente que no conoce de trampas ni argucias, olvida que muchas de esas ventajas fueron concesiones para ganarse la amistad o la adhesión de varios países en zonas de interés o por razones geopolíticas, desde el Plan Marshall en adelante. 

También insiste en su idea de satisfacer a muchos de sus votantes que defienden industrias obsoletas o ineficientes, que quieren recuperar sus trabajos que ya no sirven para lo que hay que restablecer industrias que ya no sirven. En contra de todos los principios económicos y en contra de la innovación, creatividad y riesgo a que obliga la competencia o el avance de la ciencia y la tecnología desde siempre. (Schumpeter) También tiene costos claramente puntualizados por la teoría económica, que nunca se equivocó al describir y prever dichos efectos negativos. 

Como si estas acciones alocadas no fueran suficientes para producir un descalabro mayúsculo, Trump está, mediante la herramienta ejecutiva de posteos en X, instando al presidente de la Reserva Federal para que baje las tasas y así “fomentar el consumo”, medida de tipo kirchnerista que sería una garantía de destrucción del dólar como moneda base del sistema financiero mundial. Y de licuación de la deuda americana, vía la inflación y las tasas bajas, de paso. 

Sí está acertado Trump, claro, cuando quiere salirse de la costosa prisión de los entes internos e internacionales que reciben aportes desproporcionados de EEUU para aplicarlos a causas y luchas que (en el mejor de los casos) no tienen nada que ver con la conveniencia ni la dogmática norteamericana. Las fatales burocracias arrogantes, diría Hayek, ahora transformadas en suprasoberanías a cargo de inútiles. Pero eso no guarda relación con este tema.

Un centro poco confiable

Además de la debilidad que crea en su economía interna, está debilitando a Estados Unidos como líder mundial, al reducir su importancia económica y al dejar de ser un centro confiable de las finanzas mundiales, manejadas ahora a dedo por quien se cree con poderes omnímodos para cambiar de un día para otro las reglas globales. EEUU está resignando su liderazgo, disimulando con bravatas esa situación y perdiendo autoridad moral y económica ante el mundo. Con los futuros efectos sobre su moneda, objetivo primordial chino que quiere imponer el renminbí como moneda internacional. Sin dejar de recordar el objetivo eterno marxista de destruir al capitalismo con sus propias armas.

Justamente al tomar estas decisiones unilaterales y romper todos los pactos formales y tácitos, se le está cediendo el terreno a China y a India, que tienen otras necesidades de compra y otros estilos. Países como Argentina, Nueva Zelanda, Uruguay, que ya han derivado su comercio al área asiática, tenderán a hacerlo mucho más por necesidad. Y porque los mercados americano y europeo ejercen su proteccionismo no sólo con recargos. Estados Unidos parece querer seguir el camino de la Unión Europea en este plano. No sería de extrañar que en uso de las facultades divinas que se ha atribuido el gobierno de Trump sancione a los países que comercien con China en nombre de la seguridad nacional o alguna otra entelequia. 

El motor político y económico de Occidente, que reclama como un credo la seguridad jurídica, decide romper unilateralmente el orden económico de la noche a la mañana y amenazar con más sanciones, recargos y medidas, usando su condición de centro financiero (santuario) del mundo. No es extraño que tiemblen los mercados. No será extraño que tomen caminos nuevos.

Los exégetas políticos, siempre generosos convalidando cualquier decisión en nombre de las conveniencias políticas y admirando cualquier audacia aunque sea suicida, sostienen ahora que se trata de un farol, un bluf para negociar mejores acuerdos comerciales y obtener rápidas concesiones. Una concepción timbera de café de la política y la economía, que como siempre, no mide las posibles reacciones de las contrapartes y sobre todo de la sociedad, o sea del temible mercado. Tampoco las ventajas que pueden obtener de esa actitud los enemigos de Occidente. 

El comercio ha sido y es, además, un mecanismo para acercar a los pueblos y alejarlos de la guerra, una estrategia usada con bastante éxito por EEUU en las últimas décadas.  Fracasadas sus bravatas de que terminaría las guerras en 24 horas, el presidente norteamericano también decide ignorar esa política de estado y borrarla de un plumazo en medio de amenazas y sanciones incompatibles con la civilización. 

Seguramente, en su precariedad intelectual, Donald Trump siente que está salvando a su país y al mundo, como tantos otros iluminados de la historia. Pero elige el camino de debilitarse económicamente y perder su condición rectora en ese plano, lugar que alguien ocupará. Porque ningún arma, ni atómica ni de ningún tipo, puede causar más daño a Occidente que estas medidas de Donald Trump