La mirada global

El novio de Putin es poco confiable

 

"El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea (tan) irrevocable como el pasado". J.L.Borges, De ‘El Jardín de senderos que se bifurcan’.

 

Hasta el 20 de enero de 2025, la Segunda Guerra Fría Mundial seguía un curso perfectamente predecible. La Federación Rusa liderada por Vladimir Vladimirovich Putin llevaba más de tres años de atroces combates luego de haber invadido criminalmente a Ucrania durante la madrugada del 24 de febrero de 2022. Era la supuesta Segunda Potencia Militar del planeta contra uno de los países más pobres de Europa.

Había vulnerado todos los acuerdos de soberanía vigentes en las Naciones Unidas, pasando sobre las fronteras ucranianas como si fueran alambrados caídos. Parecía un conflicto armado tan desigual que Putin ni siquiera lo denominó "guerra", sino simplemente una "Operación Militar Especial", un simple eufemismo ruso para explicar lo que prometía ser la anexión de Ucrania al dominio del Kremlin.

Pero, ante la sorpresa mundial, el presidente ucraniano Volódomir Zelenski no huyó, ni renunció. Rodeado por su gabinete, se hizo fuerte en Kiev y pidió apoyo a los países de Occidente, en ese momento encabezados por los Estados Unidos, líder indiscutido de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, compuesta actualmente por 32 países miembros (incluidos Finlandia y Suecia), a los cuales deben agregarse 18 países asociados más, lo cual suma un total de 50 naciones antagónicas (algunas desde 1949), a la Unión Soviética (hasta su disolución en 1991) e, inmediatamente después, a la Federación Rusa.

Un esquema lineal, muy fácil de comprender, con tres actores principales. El primero: la Federación Rusa y sus aliados, como Irán, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, Venezuela, la ex Siria, Yemen y posiblemente China. El segundo, integrado por la OTAN (liderada en forma excluyente por los Estados Unidos) con sus estados miembros y asociados. El tercero, los países neutrales, como la India.

Fue Canadá, uno de los países fundadores de la OTAN, quien se convirtió en notable y ferviente defensor de la guerra independentista de Ucrania, destinada a romper el sempiterno yugo de Rusia sobre Kiev desde hace diez siglos. Mientras Joe Biden estuvo al mando, la OTAN seguía siendo la alianza militar más exitosa de la historia contemporánea.

Pero Canadá, como miembro fundador de esa formidable alianza política y militar noratlántica, lejos estaba de sospechar que, a partir del 20 de enero de 2025, tendría que luchar a brazo partido para evitar que el que creía su sempiterno país amigo, se haya convertido, de la noche a la mañana, en un país tan enemigo y una amenaza tan existencial, como para amenazarlo a trancas y barrancas, en anexarlo como estado Nº 51.

EL 20-E

Todo este desarrollo temporal lineal sufrió un verdadero y aterrador colapso a partir del 20 de enero, cuando asumió Donald Trump. Fue mucho más que un mero giro copernicano, fueron verdaderas bifurcaciones en el hilo temporal seguido por la humanidad.

En realidad, para poder entender la muy compleja y sorpresiva realidad internacional actual hay que recurrir a uno de los cuentos más geniales y conocidos de Jorge Luis Borges: "El jardín de senderos que se bifurcan". Se trata de un laberinto temporal, no espacial, donde los tiempos se superponen, convergen, se desplazan y donde cada bifurcación en el tiempo da origen a otra bifurcación, y a otra, y a otra más.

Un laberinto temporal donde todo puede suceder. Pero con un tono más bien trágico, como en un tango. "Tango que me hiciste mal y sin embargo te quiero...; Sos la vida y sos la muerte, vestido de milonguero". Tiempos de guerra, de muerte y de destrucción, donde los amigos de ayer pasan a ser los azarosos y letales enemigos de hoy.

FRONTERA AMIGABLE

Hasta el 20 de enero, Canadá y los Estados Unidos habían compartido los 8.900 kilómetros de "la frontera más larga y amigable de toda la historia humana".Un caso único, emblemático, paradigmático. Un ejemplo de notable hermandad entre dos gigantescos países vecinos.

Pero con la asunción de Donald Trump, el 20 de enero último, se vino la noche a pasos redoblados y toda esa notable armonía, mantenida durante dos siglos, voló por los aires súbitamente.

Algunas señales, como siempre, habían servido de malos augurios. Entre otros, la insistencia de Trump, durante su campaña política, en la conveniencia de convertir al Canadá en el Estado Nro. 51 de la principal potencia política y militar mundial.

Los argumentos de Trump son muy parecidos a los de Putin para invadir a Ucrania: los Estados Unidos y Canadá tienen un origen histórico común en las colonias británicas del continente americano, hablan inglés, y es un error histórico que se hayan separado. Además, con el calentamiento del planeta, y el derretimiento de los hielos en el Ártico, hay que estar atento a la explotación de las riquezas de estas nuevas tierras y mares. Por eso Donald Trump blande, como política de Estado, la anexión por los Estados Unidos de Groenlandia y del Canadá, para adelantarse a China en primer lugar, y a la Federación Rusa en segundo lugar.

DE AMOR AL ODIO

No bien asumió la Presidencia de su país, el 20 de enero último, Donald Trump arrancó con la imposición de gravámenes aduaneros (impuestos) a la importación de acero y aluminio. Un 25 por ciento para esos productos si procedían de Canadá y México y un 15 por ciento si provenían desde China.

La actitud notablemente favorable de Trump con respecto a Putin y el impuesto al acero del aluminio y el acero canadienses, más el sempiterno latiguillo de convertir al Canadá en el Estado 51, fue tomada como una verdadera afrenta por el pueblo canadiense.

No podían salir de su sorpresa: ahora Zelenski era el causante de la guerra en Ucrania, debía someterse a elecciones en Ucrania en medio de un conflicto bélico total. La OTAN era el instrumento de la agresión y Canadá no comprendía su destino histórico de ser parte del país más poderoso de la Tierra.

Por primera vez en la historia del Canadá, en todos los estadios de ese país donde se realizaban justas deportivas internacionales con la intervención de deportistas yanquis, sus himnos nacionales fueron abucheados a viva voz desde la primera nota hasta la última.

El público hizo ahora suya una canción icónica: I will survive, llevada en 1980 a los cielos de la fama mundial por la monumental Gloria Gaynor, un símbolo de todos aquellos que deben luchar a muerte por seguir existiendo.

El nuevo primer ministro canadiense, Mark Carney, es un banquero de primera línea, quien no solamente fue el Gobernador (presidente) del Banco Central del Canadá, sino que fue también el primer Gobernador extranjero del Banco de Inglaterra (The Bank) el primer banco central del mundo, fundado en Londres a fines del Siglo XVIII. Si Donald Trump quería comenzar una guerra comercial contra Canadá, este país del norte eligió a uno de sus funcionarios más capacitados en esta materia.

EL NOVIO DE PUTIN

En el formidable cuento de Borges, cada bifurcación en este laberinto temporal da origen a nuevas bifurcaciones, no siempre muy fáciles de predecir o ver.

Por ejemplo, la OTAN, tal como fue concebida en 1949, ya no tiene razón de ser. La principal es que los Estados Unidos de Donald Trump ya no son confiables para la mayoría de los países occidentales. La notable debilidad del dirigente norteamericano lo hace aparecer notablemente cercano a Putin y, precisamente la OTAN nació, en 1949, para defenderse de las amenazas de la Unión Soviética primero, y de la Federación Rusa, luego.

En muchos medios europeos e independientes ven a Donald Trump ya no solamente como el "notable amigo de Putin", sino como el "novio de Putin", por la tremenda afinidad política y militar que los une.

Sus posibles futuras alianzas militares entre ambos, han convertido al material bélico norteamericano en prácticamente chatarra. No porque no sea el mejor del mundo y, en muchísimos casos, lo es, sino porque sus máquinas y pertrechos de guerra más modernos poseen un botón rojo. Es decir, un botón que desactiva su uso en el momento, esté donde esté el material. Por ejemplo, un soberbio caza F-35, el más moderno y sofisticado de los cazas actuales, deja de funcionar inmediatamente, esté en el lugar del planeta que fuere, si desde el Pentágono se aprieta el botón rojo. Y lo mismo pasa con las baterías de los misiles Himars y decenas de armas más.

Los países de Europa, incluida Alemania, dejaron de comprar gas natural a la Federación Rusa cuando este país, bajo la égida de Putin, se convirtió en un "proveedor no confiable".

Lo mismo pasa ahora con el material bélico norteamericano. Al haberse convertido ese país en un "proveedor no confiable", llueven las cancelaciones de compras de armas norteamericanas en todo el planeta, incluido los países de la OTAN.

Nada más tremendo que estar viviendo en el Jardín de senderos que se bifurcan, tal como lo concibió el genio de Jorge Luis Borges en el invierno de 1941.