A CINCO AÑOS DE LA PSICOSIS DE MASAS PANDEMICA

El mundo sometido al miedo

 

Si hay algo que es totalmente subjetivo es el miedo. Durante la infancia puede ser común que aparezca el temor al abandono, a la oscuridad, a los insectos, a algunos animales, a los truenos. Durante, el resto de la vida, por lo general, aparecen miedos ante amenazas reales: pérdidas, inseguridad, enfermedad, envejecimiento (al desamor, al desamparo, a la muerte…). Pero la aparición de estos miedos está relacionada con vivencias personales. En 2020, en cambio, todos tuvimos el mismo miedo en forma simultánea: el miedo a enfermar y a morir, independientemente de nuestra edad. Y ese temor, no fue consecuencia de una experiencia vivida, sino de una fantasía que era transmitida a través de un mensaje constante e impactante que nos llegaba de forma ininterrumpida por los medios de comunicación: el surgimiento de una enorme amenaza para nuestra vida se expandía: la muerte se encontraba a la vuelta de la esquina. Se logró incrementar al máximo la percepción de un riesgo real.

El 20 de marzo se cumplieron cinco años del decreto del aislamiento social preventivo y obligatorio en Argentina, que establecía lo siguiente: “… la ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD (OMS), declaró el brote del nuevo coronavirus como una pandemia, luego de que el número de personas infectadas por COVID-19 a nivel global llegara a 118.554, y el número de muertes a 4.281, afectando hasta ese momento a 110 países…. Que, toda vez que no se cuenta con un tratamiento antiviral efectivo, ni con vacunas que prevengan el virus, las medidas de aislamiento y distanciamiento social obligatorio revisten un rol de vital importancia para hacer frente a la situación epidemiológica y mitigar el impacto sanitario del COVID-19.” (https://www.argentina.gob.ar/noticias/el-gobierno-nacional-decreto-el-aislamiento-social-preventivo-y-obligatorio).

PREGUNTAS

Luego de tal drástica medida, no teníamos dudas: encerrarnos era por nuestro bien. Todos queríamos seguir viviendo. Lavarnos las manos compulsivamente, evitar acudir al supermercado, mantener distancia con las personas, se volvieron conductas que preservaban nuestra salud. Pero, en mi caso, las medidas extremas no se prolongaron por mucho tiempo. Debido a que parte de mi vida me dediqué a analizar cifras, no pude evitar preguntarme cómo se llegaba a esas cifras de casos y muertes que eran la columna vertebral de las noticias de ese año. Y, al intentar descubrir la respuesta, ingresando a la página de la OMS para leer definiciones- tanto de esta pandemia como de epidemias anteriores-, mi miedo se fue apaciguando hasta casi desaparecer.

Había una amenaza, pero no era del tamaño que se mostraba. Los elevados números de “casos de enfermedad” incluían a personas que experimentaban una gripe o que eran “asintomáticas”. Los casos graves eran escasos y muchos grupos etarios no corrían mayor riesgo de muerte al que tenían con las gripes ya conocidas. El modo de contabilizar los casos era, por tanto, novedoso: se contaba a toda persona cuyo resultado del tan utilizado hisopado era positivo, más allá de que se sintiera o no enferma. Pero los medios de comunicación se encargaban de notificar varias veces por día los números de casos de positivos (que, además, se acumulaban día tras día, sin restar nunca a los recuperados) y de fallecidos (casos que eran clasificados de una manera novedosa, según se podía leer en la página de la OMS). Estas cifras, estos “datos duros”, eran el vehículo para transmitir un miedo exagerado, nadie sabía bien qué incluían esos totales. Pero esos números, que aumentaban con cada día que pasaba, eran fundamentales para mantener el miedo.

Luego de un mes de experimentar terror y de comprender la existencia de cierta manipulación de los datos, como consecuencia de la utilización de nuevas definiciones de “caso de enfermedad”, fui a abrazar a mi madre, a quien no veía desde el 20/3. Ella me miró, asustada (el abrazo se había convertido en una conducta de riesgo). Al verla, con su expresión de pánico, le dije: “No te preocupes, están exagerando.”

Recién en diciembre de ese año, volví a ser presa del miedo irracional. Experimenté fiebre y dolor de cabeza durante tres días y el miedo a morir apareció de forma persistente. Era una gripe, un poco más fuerte a la que tenía todos los años, con mayor dolor corporal, pero el miedo intenso que experimenté, no lo había vivido ni en 1990, cuando estuve con neumonía 20 días, casi sin poder respirar. La campaña de comunicación había surtido efecto en mí también.

EL ANIVERSARIO

Se cumplen 5 años del día en que muchos agradecimos la decisión del gobierno del aislamiento, creyendo que nos estaban salvando la vida. Algunos, más tarde, nos dimos cuenta de que había una sobredimensión de un riesgo, otros aún creen que son sobrevivientes de una peligrosa pandemia.

Personalidades de distintos países recuerdan los 5 años de la pandemia, contribuyendo a la perpetuidad de una historia distorsionada. Fue un hecho sin precedentes: una campaña de comunicación mundial de terrorismo psicológico, la restricción de DDHH como reacción a la detección de un nuevo virus, la manipulación de cifras basada en nuevas definiciones de casos, la implementación de testeos masivos (tanto a sanos como a enfermos), el aislamiento y seguimiento de protocolos médicos novedosos, el uso de barbijo en personas sanas, etc. Se inculcó terror al contagio y al cuadro gripal. Se vivió una psicosis de masas, en la cual cada persona era percibida como capaz de contagiar una enfermedad terminal que no tenía, a tal punto que uno podía entrar a una panadería y ser agredido verbalmente por no portar un barbijo.

Libertad es también poder elegir a qué temer. Hubo un año en el que fuimos obligados a compartir todos, el mismo miedo. Y aquellos que logramos salir de ese estado de terror durante ese mismo período, debíamos ocultarlo. Porque en 2020 renació otro miedo: el miedo a la libre expresión.

* Una opinión anterior de la autora sobre el tema puede consultarse aquí: https://www.laprensa.com.ar/Las-cifras-del-virus-solo-confunden-489695.note.aspx