Por Juan Martín Devoto
Hace unos años en San Miguel, donde vivo, se organizó un homenaje en ocasión del cuadragésimo aniversario de la recuperación de las Islas Malvinas. Se me propuso grabar para la oportunidad alguna poesía que se incluiría en los festejos. Pero cuando busqué algún poema alusivo me topé con que, en general, se hacía referencia a la pérdida del territorio y a una casi ilusoria esperanza de que llegará a ser parte de la Patria sin discusión y de pleno derecho.
Ante ese panorama y con cierta osadía acometí la tarea de componer un poema al efecto. Para mi asombro y más allá de mis méritos se fueron plasmando estos versos que cumplieron la función requerida al ser reproducidos, acompañados de imágenes alusivas en aquel acto. Hoy, quiero volver a rendir homenaje en este 2 de abril al valor de aquellos cuya gesta mostró al mundo la grandeza de quienes, durante esos días, nos dieron un ejemplo que sobrepasa las pequeñeces y mezquindades que, a pesar de todo, todavía prevalecen e impiden a la Argentina ocupar el lugar en la historia, acorde al legado inigualable que supimos heredar de España.
Para recordar y rescatar aquello recibido y volverlo a poner como meta suprema de nuestra Nación, ofrezco con sencillez esas líneas que honran a aquellos que en ese entonces nos demostraron cuál es el verdadero destino de nuestra Patria.
Malvinas, 40 años
Si estuvieron un tiempo perdidas,
ultrajadas por lenguas extrañas,
hoy sabemos que desde su entraña
la siembra de sangre las volvió a la vida.
Qué importan ahora los pies que las pisan.
el frío subsuelo resiste aguerrido
y, en esa trinchera, jamás habrá olvido
porque son los muertos la mejor divisa.
No es jamás derrota si el combate pudo
devolver el alma a la Patria misma,
restaurar su honra, quebrantar el cisma
en ese arrebato franco, corajudo.
Ni puede borrarse ya de nuestra historia
la de aquellos bravos que dieron su vida
y de los que ahora muestran sus heridas
como galardones de fe, honor y gloria.
Y por eso, Malvinas, son nuestras
más que ayer. De sus túmulos mudos
no se puede arrancar el murmullo
de las voces que rompen las piedras.
Son raíz de la patria sembradas
que se extiende y crece sabiendo
que implacable se irá convirtiendo
en brotes, en fruto y en flor maduradas.
Desde esa raigambre de sangre latente,
caliente y tonante, se alzarán del suelo
mirando a lo alto, desterrando el duelo,
donde el alma patria vive eternamente.