Siete días de política
Arrancó la campaña: presión sobre el dólar, el Congreso y la calle
Un cambio de carteras obligó al BCRA a vender reservas, pero frenó el intento de corrida. En el Congreso hubo luz verde para el acuerdo con el FMI y Patricia Bullrich controló la calle.
El presidente Javier Milei superó un nuevo test de gobernabilidad en tres terrenos: el cambiario, el político y el del orden público, en los que había sido desafiado por una oposición inorgánica, pero que se juega la supervivencia en una campaña electoral adversa.
Por eso la ofensiva prematura y mal planeada para golpearlo en sus flancos más débiles: las escasas reservas del Central, la debilidad de su representación parlamentaria y el riesgo de que la acción de grupos de choque instale un clima de caos callejero. Un descontrol que permita a los medios opositores trazar un paralelo con el clima anárquico que precipitó la crisis de 2001, aunque las circunstancias políticas y económicas sean por completo diferentes.
En los tres frentes el gobierno obtuvo resultados que contradijeron las habituales profecías alarmistas de la prensa. El que tuvo los resultados más inciertos, de todas maneras, fue el cambiario. A fuerza de vender los escasos dólares de las reservas el Central consiguió que la cotización de los libres (blue, CCL y MEP) permaneciera en la franja de los $1.200.
La demanda de dólares fue disparada por versiones sobre la presunta exigencia del FMI de una devaluación para otorgar el préstamo que el gobierno viene gestionando desde hace casi un año. La demora empezó a afectar la estabilidad financiera y a complicarle el panorama electoral a Milei. Los rumores persistieron a pesar de la negativa del presidente y Luis Caputo, convirtiéndose en una clara señal de creciente desconfianza de los inversores.
Sin embargo, la tendencia se revirtió y los dólares volvieron a su carril después de que la Cámara de Diputados habilitó las negociaciones del Ejecutivo con el Fondo. Esa victoria demostró, entre otras, dos cosas, que Milei sigue manejando la agenda y su ejecución y que los opositores no son una amenaza para la gobernabilidad. Pierden todas las votaciones decisivas, su único activo es un discurso caduco y el escándalo para la tribuna que el periodismo consume con fruición.
En sentido contrario, hubo un evidente acierto de los opositores al evitar la violencia en los alrededores del Congreso. No era exagerada la alarma expresada por el senador oficialista Luis Juez de que “le tiraran un muerto” al gobierno.
En esta ocasión los barrabravas salieron de escena y los propios manifestantes impidieron los ataques a la policía de sus compañeros fuera de control. En apenas siete días se dieron cuenta de que quemando patrullero y apedreando a los efectivos de seguridad le estaban haciendo un gran favor al oficialismo.
Entre las novedades de la semana quedó a la vista, además, una reconfiguración del escenario electoral que se acelera a medida que se acerca la hora de ir a las urnas. En ese escenario el más peligroso adversario del gobierno ha pasado a ser Mauricio Macri, cuyo liderazgo se diluye cada vez que algunos de sus dirigentes se saca la foto ritual con Milei. El último caso fue con Ritondo y Santilli, lo que lo llevó a criticar una vez más al líder libertario.
Así como desapareció Juntos por el Cambio, parece acercarse la hora de que el PRO se sume a LLA o se exponga a una derrota que puede resultar terminal. Macri pretendió “alambrar” la ciudad de Buenos Aires, pero si Milei acepta la competencia y pone un buen candidato, el ex presidente puede salir tercero en el distrito que domina su familia desde hace casi dos décadas (ver “¿Para quién juega Horacio?”).
Otro fenómeno acelerado por la agenda electoral fue el del alzamiento contra el kirchnerismo de Axel Kicillof. El gobernador había intentado por todos los medios evitar una confrontación abierta con Cristina Kirchner, pero los plazos lo apuraron y forzó un intento de suspender las PASO en la Legislatura. Fracasó y quedó a la vista que la Cámpora tiene superioridad numérica. También que cualquier intento de deshacerse de CFK sigue siendo utópico.
De todas maneras, la dos veces presidenta también tiene su conducción en entredicho. El miércoles se difundió la decisión de cuatro senadores peronistas de formar su propio bloque que funcionará en el marco del interbloque “K” de la Cámara alta. Es otra muestra del rechazo que los gobernadores del norte, socios de Milei en el Congreso cada vez que las papas queman, siente por Cristina Kirchner.
En síntesis, el proceso electoral marcha hacia un horizonte por ahora imprevisible en el que el oficialismo depende de factores que no controla, como el préstamo salvador que el FMI maneja con tiempos que desesperan a Milei y Caputo, mientras la oposición, hasta la más afín al presidente, como la del PRO, se encuentra en una etapa de reacomodamiento. Se esperaba un escenario polarizado, pero lo que continúa prevaleciendo es la fragmentación.