Adolfo Pedernera, el Maestro

El baúl de los recuerdos. Sabio conductor de La Máquina de River, tiene un lugar indiscutido entre los más grandes futbolistas de la historia. Después dio cátedra como entrenador. Un prócer de la pelota en la Argentina.

La palabra maestro tiene una fuerza descomunal. Su significado es inmenso. No cualquiera puede ver su nombre y apellido unido a ella. Para adquirir ese derecho no solo es necesario enseñar, también hay que predicar con el ejemplo. El mundo del fútbol no dudó en ungir con ese término a Adolfo Pedernera. Se antoja un acto de justicia, porque este hombre que brilló como cerebro de la célebre Máquina de River en los años 40 dio cátedra dentro de la cancha, impartió lecciones de vida fuera de ella y compartió su sabiduría con varias generaciones de aspirantes a jugadores. Sí, Pedernera era un maestro.

“Pedernera jugó de otra manera. Tuvo la inspiración del inventor y la arrogancia del estratega, la ocurrencia del chiquilín astuto y la resolución del hombre dominante. La destreza, la habilidad, la experiencia, la fuerza, la resistencia, la velocidad, el conjunto todo de sus condiciones personales lo puso al servicio de su inteligencia. Y de esa inteligencia hizo brotar el don que le confirió eficacia decisiva: la autoridad. La ascendencia. Esto es más que una virtud: es un fluido imponderable. Lo tuvo Pedernera en el fútbol como lo había tenido Dempsey (Jack, el rival de Luis Ángel Firpo en la épica pelea del 14 de septiembre de 1923 en Nueva York) en el box. Adolfo Pedernera no fue un buen cabeceador. Sin embargo, nadie en el fútbol usó la cabeza tanto como él. Los pies fueron su herramienta, su utensilio, como puede serlo el bisturí en un gran cirujano sin que por eso sea prudente concretarse a decir que corte bien. Lo que en realidad corta no es el bisturí, sino la maestría de quien lo maneja en base a su talento, a su capacidad intelectual”.

Félix Daniel Frascara, uno de los más lúcidos analistas con los que contó la revista El Gráfico en su época de oro, explicó con bella precisión quién fue Pedernera. El testimonio, rescatado del olvido por el libro La Máquina, una leyenda del fútbol (librofutbol.com, 2021), deja próxima la noción de por qué el más popular de los deportes no dudó en apodar Maestro a este atacante que fue un prodigio de habilidad en sus comienzos, de inteligencia en su esplendor y de sapiencia cuando tuvo la responsabilidad de transmitir sus conocimientos en su rol de entrenador.

Pedernera sobresalió, entre otras virtudes, por una notable habilidad. 

Además de ser llamado Maestro, Pedernera logró un reconocimiento tal que bastaba con pronunciar su nombre para entender de quién se estaba hablando. Decir “Adolfo” llevaba, inevitablemente, a la conclusión de que se trataba de él. Más tarde fue Don Adolfo cuando el paso del tiempo le sumó ese sustantivo de tres letras que brinda una inequívoca señal de respeto. Así como basta con soltar un nostálgico “Diego” para evocar a Maradona, referirse a “Román” conduce sin escalas a la figura de Riquelme y en el pasado todos sabían que “Amadeo” era Carrizo y “Bernabé” solo podía ser Ferreyra, Pedernera fue tratado con esa admirada familiaridad.

Se ganó ese trato con la excelencia de su juego cuando vestía la camiseta de River, Atlanta, Huracán, Millonarios, de Colombia, y de la Selección argentina. Consiguió el respeto de sus colegas en el momento en el que lideró la lucha por mejores condiciones laborales para todos. Ya como técnico compartió con sus dirigidos los secretos de un deporte que para él no tenía misterios. Además, impulsó las divisiones inferiores de Boca y convenció al entonces presidente xeneize, Alberto J. Armando, de que valía la pena disputar la Copa Libertadores en un tiempo en el que esa competición no les parecía tentadora a los dirigentes.

Como todo maestro, inspiraba respeto. Obdulio Varela, el legendario capitán de Uruguay en la gesta del Maracanazo, fue consultado minutos antes del partido decisivo por el título en el Mundial de 1950 si sentía temor por tener que vérselas con Brasil, el favorito al triunfo. El Negro Jefe, el líder que guio a los celestes hacia una victoria imposible ante más de 200 mil torcedores que aguardaban el éxito del local, pensó un segundo y dio una respuesta contundente: “¿Miedo yo?... Ustedes se olvidan que he jugado contra Pedernera… Y como él, nadie…”.

A Obdulio Varela (a la derecha de los jueces) no le pesaba enfrentar a Brasil en el Mundial de 1950. Él ya había estado cara a cara con Adolfo.

LA PELOTA, SU GRAN AMOR

Como todos los pibes en esos días, Pedernera tuvo un amor a primera vista con la pelota. Recorrió desde muy pequeño los potreros de Avellaneda, donde nació el 15 de noviembre de 1918. Una década después, cuando la familia que formaron Arsenio Pedernera y Rosa Asalini se trasladó a Parque de los Patricios, el niño deslumbró también allí con su habilidad.  A los 12 años se unió a Huracán y 24 meses más tarde llegó a River, que buscaba un puntero izquierdo.

Pedernera poseía una endiablada habilidad y una llamativa capacidad para dominar el balón tanto con la pierna derecha como con la izquierda. Además, le pegaba fuerte. En poco tiempo saltó a la Cuarta Especial y en 1935 el técnico de Primera División, el húngaro Emérico Hirschl, le dio la oportunidad de debutar. El entrenador había aceptado las sugerencias de Félix Roldán, responsable de las divisiones inferiores, y de Carlos Peucelle, un famoso delantero incorporado al club en 1931 que tenía una visión superadora del fútbol.

La llegada de Peucelle y, más tarde de Bernabé Ferreyra, a cambio de enormes cantidades de dinero provocó que River se ganara el apodo de Millonario. Pero Barullo, tal como lo llamaban, también adquirió una relevancia decisiva para el desarrollo del club como potencia futbolística con la recomendación de que se contratara a Roldán para dirigir las divisiones inferiores. Desde el arribo de Roldán, se incorporaron a la institución que entonces habitaba el barrio de Recoleta muchos jóvenes que resultaron piezas claves de los equipos que contribuyeron a la obtención de títulos en las dos décadas siguientes.

Pedernera era muy joven cuando se convirtió en uno de los atacantes titulares de River.

El joven Pedernera, de apenas 16 años, fue incluido como puntero izquierdo en el equipo que empató 1-1 con Ferro el 28 de abril del 35 en la cancha que River poseía en avenida Alvear (actual Del Libertador) y Tagle. Integró el ataque junto con Aristóbulo Deambrossi, El Mulero Pedro Lago, Bernabé Ferreyra y Peucelle. Raúl Emeal puso en ventaja a los de Caballito y Ferreyra, La Fiera, estableció la igualdad.

En ese primer partido el nuevo puntero izquierdo de River recibió una lección de vida que lo marcó para siempre. Atrevido, apeló a un lujo innecesario ante José Della Torre, un respetado zaguero que se había destacado en Racing y en la Selección. Pechito, en vez de desquitarse con una brusca infracción, lo llamó y le dijo: “Vea, muchacho, es bueno lucir la habilidad, pero burlarse del contrario le va a traer más problemas que ventajas. Si quiere que lo respeten, debe aprender a respetar”.

Al año siguiente irrumpió con un gigantesco bagaje de habilidad y desfachatez José Manuel Moreno, un genio que formó una dupla de ensueño con Pedernera. Por su altanería le decían El Fanfa, pero tiempo después se convirtió en El Charro. Un personaje de leyenda. Los dos purretes emergieron como las promesas de venturoso futuro para River. Conscientes de que se trataba de dos diamantes en bruto, Ferreyra y Peucelle se encargaron de conducirlos de la mano en esos pasos iniciales en el fútbol profesional. Fueron sus guías y protectores.

En 1936 y 1937 fue campeón al lado de figuras como Bernabé Ferreyra (el segundo de los hincados) y Carlos Peucelle (el último). 

Los desbordes de Peucelle y Pedernera por los flancos del ataque, el sacrificio de Renato Cesarini primero y de Eladio Vaschetto después, la organización a cargo de un Ferreyra más retrasado en el campo y los goles de Moreno le otorgaron a River el campeonato en 1936 y 1937. El wing izquierdo abastecía con precisos centros al Fanfa y a La Fiera, pero también doblegaba a los arqueros rivales -marcó 13 tantos-, en especial con remates de larga distancia y con penales y tiros libres.

Bernabé, famoso por sus potentes disparos, aceptó compartir el cobro de las faltas con Pedernera, pero solo si el joven nacido en Avellaneda le pegaba fuerte. Y lo retaba con dureza si dilapidaba un tiro libre por excederse con los efectos: “Oiga, no lo llamé para tirar bolas de fogueo. Cuando patee un tiro libre le apunta aquí al último hombre de la barrera”. Ese “aquí” de Ferreyra, según Pedernera, era “entre las cejas” del rival.

UN CAMBIO REVOLUCIONARIO

River fue uno de los pocos equipos que pudo seguirle el paso a Independiente en 1938 y 1939, cuando los de Avellaneda se apoderaron de ambos títulos con una magnífica delantera en la que brillaban Vicente de la Mata, Arsenio Erico y Antonio Sastre. Pedernera daba muestras de su versatilidad moviéndose de una punta a la otra del ataque para que Cesarini, quien asumió la dirección técnica apenas cerró su carrera como futbolista, dispusiera de más variantes.

Peucelle se encargó de enseñarle los secretos del profesionalismo al joven puntero riverplatense.

Ferreyra jugaba poco y nada por las lesiones que apresuraron su retiro. Peucelle, un polifuncional de los años 30, no tenía inconvenientes para actuar como puntero derecho o entreala izquierdo (un número 10 de neto corte ofensivo), Moreno se afirmaba como referente en el ataque y en cualquiera de los dos costados aparecía de vez en cuando Deambrossi, otro juvenil descubierto por Roldán para las inferiores millonarias al que le costó hacerse un lugar por la vigencia de Barullo y los excelentes desempeños de Pedernera.

Por una insólita suspensión que le aplicó la dirigencia a Moreno en un partido contra Independiente en el que jugó mal, el plantel se declaró en huelga y eso permitió que aparecieran otros jóvenes como Juan Carlos Muñoz y Ángel Labruna. Al Fanfa lo responsabilizaron de la derrota a manos del Rojo en un partido decisivo en la puja por el título y sus compañeros hicieron causa común con él.

Después de tres años en los que no tuvo otra alternativa que ver los festejos de Independiente en 1938 y 1939 y de Boca en 1940, River se prendió en la lucha por el título con San Lorenzo en el 41. Cesarini, otra vez al mando del equipo, no estaba del todo conforme con el funcionamiento de la ofensiva. Peucelle, Moreno, el rosarino Roberto D´Alessandro, Labruna y Pedernera eran los habituales titulares. Al DT le parecía que el modelo de atacar por los costados y buscar siempre al centrodelantero para que definiera las acciones se hacía demasiado predecible.

Se entendía con los ojos cerrados con José Manuel Moreno y Ángel Labruna.

Cesarini no lo sabía, pero esa idea estaba a punto de darle vida a una revolución futbolística. Pensaba, pensaba y pensaba sin encontrar una solución al problema. El Tano era un inconformista. Su equipo peleaba el título, pero él pretendía mejorar el funcionamiento colectivo. Peucelle, que empezaba a ceder protagonismo ante Muñoz, se caracterizaba por la agudeza de sus análisis. Notó que Pedernera, además de ser veloz y habilidoso, contaba con una fuerte personalidad y una distintiva inteligencia para ver el juego.

Barullo le recomendó a Cesarini que utilizara a Pedernera en el puesto de D´Alessandro. El argumento era simple: el habitual puntero izquierdo podía retrasarse unos metros en el campo tal como lo había hecho Ferreyra en 1936 y 1937. Pero no debía hacerlo para evitar que lo molieran a golpes como buscaba Bernabé, sino para diseñar los ataques. Se trataba de presentar un nuevo modelo ofensivo.

Los zagueros rivales estaban acostumbrados a marcar en las cercanías del área a los centrodelanteros. Si estos se alejaban del área, los defensores debían decidir si los perseguían o los esperaban. En el primer caso, abrían espacios para el pique por sorpresa de uno de los entrealas -en River, lo hacía Labruna-; en el segundo les otorgaban demasiado terreno fértil para combinarse con sus compañeros de ataque. Si, además, Moreno y Pedernera alternaban posiciones y los punteros se transformaban en algo más que meros servidores de centros al corazón del área, la delantera millonaria adquiría una fisonomía tan diferente como difícil de descifrar.

La primera versión de La Máquina: Juan Carlos Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Aristóbulo Deambrossi.

Al principio, esa fórmula fue apenas una herramienta ocasional para vencer 2-1 a Independiente con goles de Moreno y Pedernera. Peucelle, Moreno, Pedernera, Labruna y Deambrossi se juntaron en ese clásico, pero cuando D´Alessandro regresó de una lesión, Cesarini optó por el antiguo método. Sin embargo, en el tramo final del certamen, cuando quedaban seis fechas y San Lorenzo aventajaba por dos unidades al equipo que ya era local en Núñez, el técnico terminó de decidirse. Había que cambiar para ganar. No quedaba otra.

El 21 de septiembre otra vez Independiente se cruzó en el camino de River. El entrenador recordó la sugerencia de Peucelle y les abrió la puerta para salir a jugar a Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Deambrossi. La actuación fue espectacular y los millonarios aplastaron 4-0 al Rojo en Avellaneda con tres tantos de Pedernera y uno de Muñoz. Otro triunfo por el mismo marcador sobre Lanús con dos conquistas de Moreno, una de Pedernera con un remate de larga distancia y otra de Labruna demostraron que el rumbo era correcto.

River era otro equipo. Un mejor equipo. El empate 1-1 con San Lorenzo en el Gasómetro dejó a ambos en lo más alto de la tabla. La disputa era mano a mano. El quinteto jugó por cuarto partido consecutivo en la victoria 2-0 frente a Tigre gracias a las anotaciones de Moreno y Pedernera. Una caída de San Lorenzo contra Boca dejó a River con dos unidades de ventaja con un par de fechas por delante. Todo parecía a pedir de las huestes de Cesarini, salvo por el detalle que la semana siguiente debían vérselas con los xeneizes.

Un cabezazo ante Fernando Bello, un famoso arquero de Independiente.

El flamante estadio enclavado sobre la avenida Figueroa Alcorta albergó una función de gala de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Deambrossi. Un impactante 5-1 con dos goles del wing izquierdo, uno del Fanfa, uno de Labruna y otro de Pedernera (descontó El Atómico Mario Boyé) catapultó a River al título. El campeonato se consumó -con la ayuda de Atlanta, que derrotó a San Lorenzo- con un éxito por 3-1 contra Estudiantes en La Plata en un partido en el que Peucelle jugó por Deambrossi y se despidió del fútbol profesional.

El tramo final del torneo resultó el espaldarazo definitivo para la delantera nacida de las inquietudes de Cesarini y la sagacidad de Peucelle. River había dado el primer paso para cambiar para siempre la historia del fútbol argentino.

EL CEREBRO DE LA MÁQUINA

La semilla plantada en el ataque riverplatense floreció en todo su esplendor a partir de 1942. Todos empezaban a hablar de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Deambrossi. Sus estilísticas combinaciones a través de interminables sucesiones de pases, las rotaciones que desorientaban a los marcadores y, especialmente, el retroceso del centrodelantero pasaban de boca en boca como una novedad que modificaba de raíz la noción de juego que imperaba hasta el momento.

La tapa de El Gráfico define a Adolfo a la perfección: "La figura más espectacular de nuestro fútbol".

“El centre forward Pedernera no se mantiene como es común en los denominados artilleros, que están en el medio y enfilando hacia el arco casi en línea recta; por el contrario, se desplaza hacia los costados hasta llegar a convertirse en puntero, ya sea izquierdo o derecho. Puede entenderse este movimiento como una tendencia que todavía no pudo combatir y trae el recuerdo de su largo tiempo jugando de winger, pero no es así. No hay tal influencia, sino que una característica que se permite quien posee la facilidad de girar, de ser activo y de manejar ambas piernas con iguales posibilidades. Y eso mismo es lo que hace difícil marcarlo, pues como no guarda una ubicación fija, no es posible asignarle un jugador de custodia, como acontece con otros ejes delanteros”.

En la crónica del clásico que los de Núñez le ganaron 2-0 a Racing el 24 de mayo de 1942, El Gráfico relató con lujo de detalles qué función cumplía Pedernera en la ofensiva millonaria. Explicaba, en cierta medida, dónde estaba ubicada la piedra fundamental del funcionamiento de una fuerza de ataque nunca antes vista. Se antojaba propicio detenerse en la labor del jugador nacido en Avellaneda porque él había sido la gran figura del partido, no solo por la singularidad de su desempeño, sino porque, además, anotó los dos tantos de River.  

Borocotó, otra sagaz pluma de esa publicación que durante mucho tiempo fue concebida como La biblia del deporte, tuvo un rapto de genialidad que perduró en el tiempo y adquirió la fisonomía de una fe de bautismo. En su comentario del Chacarita 2 – River 6 del 7 de junio de 1942, el famoso periodista uruguayo le anunció al mundo el nacimiento de La Máquina. “Jugó como una máquina el puntero”, le contó al pueblo futbolero. Quizás sin proponérselo, le confirió identidad a un equipo que se volvió objeto de culto con el paso del tiempo.

Los cinco genios de la formaciòn más recordada de La Máquina: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Félix Loustau.

Aunque la configuración inicial del quinteto de ataque incluía al Mono Deambrossi como puntero izquierdo, la composición más recordada tenía a Félix Loustau en esa posición. Llegado de Racing como marcador de punta, en River devino en delantero y su apellido quedó para siempre unido a los de Muñoz, Moreno, Pedernera y Labruna. Hasta se podría decir que es posible encontrar un atisbo de musicalidad en la enumeración de los integrantes de la delantera más famosa del fútbol argentino. De hecho, su juego era música para los oídos.

Si bien las viejas crónicas de la época y el relato que pasó de generación en generación instalaron la idea de que los equipos de aquel entonces contaban con cinco delanteros, eso había caído en desuso. El quinteto de ataque era una de las características más distintivas del esquema táctico denominado piramidal, que se expresaba como 2-3-5. En realidad, la disposición de la época ya respondía a la llamada WM, instaurada en Inglaterra después de la modificación de la ley del offside en 1925. El dibujo se traducía en un 3-4-3 o un 3-2-2-3.

Entonces, la versión correcta de la alineación de ese River que rompió los moldes debería citarse así: Julio Barrios; Norberto Yácono, Ricardo Vaghi, Luis Ferreyra; Bruno Rodolfi, José Ramos; Moreno, Labruna; Muñoz, Pedernera y Loustau. El hecho de que Adolfo se ubicara como lo que hoy se conoce como falso nueve y los piques de Labruna en diagonal para asumir la función de un centroatacante alteraron el statu quo y depositaron a La Máquina en el Olimpo de los grandes equipos de la historia.

Con El Charro Moreno formó una sociedad espectacular. 

A partir del afianzamiento de Pedernera en su nueva función y de su influencia sobre el juego del resto de sus compañeros, ya nada fue igual. Adolfo conservaba su desequilibrante gambeta, su velocidad para avanzar con pelota dominada y le agregaba la conducción a partir de su notable inteligencia para diseñar maniobras ofensivas. Por eso, con su fabuloso andamiaje ofensivo como carta de triunfo, River se quedó con el título en 1942. Fue un campeón lujoso y, de alguna manera, la corroboración empírica del éxito de La Máquina.

Pedernera fue el máximo goleador del equipo, con 23 tantos. Esa resultó la mayor producción ofensiva del particular centrodelantero durante todo su período como hombre de River. El dato ratificaba que la variación de su posición en el campo no le impedía llegar con frecuencia al arco de enfrente. Ya no les servía oportunidades para marcar a sus compañeros con envíos desde los costados; les enseñaba el camino como un preclaro lanzador por el centro del terreno. Y hacía goles. Su influencia se hizo colosal, decisiva.

A pesar de que en 1943 y 1944 Boca se proclamó campeón con una emblemática formación, River no dejó de cosechar elogios por sus brillantes actuaciones. Al final del primero de esos años, Pedernera sufrió una lesión en los meniscos que lo forzó a pasar por el quirófano. Ese problema físico lo afectó significativamente en el resto de su carrera, pues se redujo en parte la velocidad que lo había caracterizado en sus días como wing. Perdió el factor sorpresa de la rapidez, pero mantuvo intactas todas las demás cualidades que lo hacían único.

Peucelle, uno de los ideólogos del surgimiento de La Máquina, asumió la dirección técnica de River en 1945.

Se repuso a tiempo para estar desde el arranque en el torneo del 44, pero ya no tuvo a su socio más calificado. Moreno, tentado por una suculenta oferta del Club España, partió hacia México con su cargamento de fútbol de alta calidad. Aunque lo sustituyó un muy buen jugador como Alberto Gallo, era imposible disimular la ausencia del Fanfa. A su regreso de territorio norteamericano en 1946, Moreno se transformó por los siglos de los siglos en El Charro. Al igual que en el 43, en 1944 River escoltó a Boca en la tabla de posiciones.

Cesarini dejó su puesto y lo reemplazó Peucelle, uno de los autores ideológicos del fenómeno que provocó el surgimiento de La Máquina. River se trepó a lo más alto de la tabla con fantásticas producciones. Su nivel de juego había alcanzado una dimensión tan grande que sus futbolistas parecían vencer cuando se les daba la gana. Tanto es así que retrasaban la definición de los partidos a su antojo y, como generalmente sentenciaban los partidos en los minutos finales, se los denominó Caballeros de la angustia.

Muñoz ofrecía su habilidad por el costado derecho y Loustau no solo deleitaba con su dominio del balón, sino que corría por todos los demás con una capacidad aeróbica digna de un atleta de fondo para rellenar cuanto espacio quedara descubierto. Gallo se las ingeniaba para disimular la falta de Moreno, Pedernera movía los hilos del ataque y Labruna se encargaba de enterrar la pelota en el fondo de las vallas de los rivales. La mención de las tareas de cada miembro del ataque parecía simple. Ellos hacían creen que su trabajo fuera simple.

A pesar de que durante años se dedicó a dar perfectos pases para los goles de Labruna, la relaciòn entre ambos era fría y distante.

Pese a que la conexión Pedernera – Labruna estaba muy aceitada y ambos se entendían con los ojos cerrados, lejos de la cancha no se dirigían la palabra. Se respetaban mutuamente, pero no existía la más mínima corriente de simpatía entre ellos. Adolfo era amigo de Moreno, de Deambrossi -relegado por Loustau- y del DT Peucelle, pero no del goleador millonario. Como se trataba de dos monstruos del fútbol, las diferencias quedaban a un lado cuando entraban en acción.

“El público conoce la modalidad de la Primera de River, ese juego que siendo sobrio en su finalidad no deja de brindar espectáculo, llegando en ocasiones al preciosismo, y en el cual tiene vital importancia la colocación. Todos han observado cómo cambiamos de puesto y cómo, mediante una rotación sistemática, vamos cubriendo los claros y haciéndolo todo de memoria”, decía el propio Pedernera sobre el estilo que imperaba en Núñez y desataba aplausos en todas las canchas.

Moreno regresó en 1946 idolatrado como El Charro y se despachó con tres goles contra Atlanta en su vuelta. Retornó con el talento intacto, pero ni con el reencuentro de ese fenómeno con Pedernera se pudo evitar que River cumpliera la peor campaña del ciclo en el que existió La Máquina. Por primera vez desde 1941, los millonarios no ocuparon uno de los dos primeros puestos de la tabla. Terminaron terceros en un campeonato dominado por un inolvidable San Lorenzo que, de la mano del trío Armado Farro – René Pontoni – Rinaldo Martino, fue un canto al fútbol de ataque con 90 goles en 30 partidos.

Un gol de penal contra Huracán. Le pegaba muy fuerte a la pelota.

Nadie podía haberlo imaginado, pero el 17 de noviembre de 1946 Pedernera empezó a despedirse del equipo en el que había jugado desde los 14 años. Ese día, cuando River visitó a Huracán en la cancha de San Lorenzo, se juntaron por última vez Muñoz, Moreno, Adolfo, Labruna y Loustau. El cerebro de La Máquina salió lesionado a 20 minutos del final y nunca más cubrió su pecho con la banda roja. Antes de despedirse, metió un pase para que Labruna le diera forma al 2-2 definitivo.

El porqué de ese adiós tenía una explicación simple: Pedernera mantenía desde hacía tiempo tirantes relaciones con los dirigentes. Por eso, cada vez que debían sentarse a negociar la renovación del contrato, las negociaciones se tornaban difíciles. Esa situación, sumada a las críticas que recibió el equipo -y en particular Peucelle- por el opaco papel en el torneo a pesar de haber terminado en la tercera posición, precipitó la salida del líder de ese plantel. Porque Adolfo, conviene recordarlo, no era el capitán, pero llevaba la voz cantante.

¿A qué equipo podía marcharse una figura como Pedernera? Increíble, pero real, apareció Atlanta para hacerse con los servicios del famoso centrodelantero. El empresario Alberto Chisotti, presidente de los bohemios, estaba dispuesto a formar un plantel capaz de pelear el campeonato en 1947. Chisotti, propietario de una famosa ginebra que llevaba su apellido, no dudó un instante en depositar 140 mil pesos -una suma importantísima- para que Adolfo emprendiera la mudanza a Villa Crespo.

La influencia del Maestro en el funcionamiento de River en la década del 40 fue decisiva. 

El paso de Pedernera por River gambetea cualquier estadística que se presente. Los fríos números indican que jugó 308 partidos y anotó 143 goles por todas las competiciones en las que intervino de 1935 a 1946. En ese lapso ganó 14 títulos (Copa Campeonato y Copa de Oro de 1936, los torneos de 1937, 1941, 1942 y 1945, las ediciones de la Copa Ibarguren de 1937, 1941 y 1942, la de la Copa Escobar de 1942 y las de la Copa Aldao de 1936, 1937, 1941 y 1945).

La jerarquía, la habilidad y la inteligencia puestas al servicio del equipo resultan imposibles de cuantificar. Tal vez constituyan atributos intangibles, pero entronizaron a Pedernera como uno de los principales futbolistas de la historia millonaria por una simple razón: solo por la presencia de Adolfo en el club fue posible la existencia de La Máquina. Tanto es así que Peucelle sostenía que la fórmula secreta de ese equipo la tenía Rosa, la madre de Pedernera.

EL FRACASO Y EL LÍDER GREMIAL

La expectativa por la contratación de Pedernera por parte de Atlanta fue enorme. Chisotti sacudió el mercado. La incorporación masiva de jugadores de primer nivel como Adolfo, Deambrossi, el arquero peruano José Soriano (arquero y capitán de River en el ciclo de La Máquina), Bernardo Gandulla (figura de Ferro y de Boca) y León Strembel (centromedio de Racing con pasado en la Selección), entre otros, provocó una conmoción formidable. Si hasta estuvo a prueba el puntero derecho Alcides Ghiggia, autor del inmortal gol con el que Uruguay doblegó a Brasil en El Maracanazo.

En 1947 jugó para Atlanta. Aquí posa con el paraguayo Arsenio Erico, un goleador temible que ese año se incorporó a Huracán.

Atlanta debutó en el certamen del 47 contra Racing. Despertó tanto interés el partido que los bohemios actuaron como locales en la cancha de River. Sí, Pedernera jugó en el estadio de toda su vida con otra camiseta… El equipo que dirigía el exárbitro José Bartolomé Macías -otra exótica movida de Chisotti- venció 2-1 a La Academia con goles del uruguayo Juan Burgueño y Julio Rosell, otros dos refuerzos para esa temporada. La mayor recaudación de la jornada inicial del torneo se dio en esa cancha: $ 55.323. La comparación sorprende: en Boca 3 – Vélez 2 entraron en boleterías $ 24.832 y en Lanús 1 – River 5, $ 19.782.

Los escalofriantes 550 mil pesos que desembolsó Atlanta para nutrir su plantel no condujeron a la formación del gran equipo que su presidente deseaba. Todo lo contrario: los de Villa Crespo protagonizaron un estruendoso fracaso y descendieron. Tampoco satisficieron las actuaciones de Pedernera, quien cumplió funciones más de abastecedor de sus compañeros que de definidor y apenas sumó cuatro goles en 28 partidos.

Más allá de su deslucido trabajo, Pedernera seguía siendo Pedernera. Se lo respetaba mucho y, por eso, no bien se produjo la pérdida de categoría de Atlanta, Huracán no dudó en poner sobre la mesa 80 mil pesos para llevarse al delantero. A los 30 años, a Adolfo se le presentaba la oportunidad de renacer y volver a brillar como en sus días de estrellato en River.

En Huracán, con su amigo El Charro Moreno.

Huracán había escogido a Pedernera para que asumiera la responsabilidad de ser el referente futbolístico del equipo. Su llegada coincidió con la partida del paraguayo Arsenio Erico, quien después de un año de vuelo bajo se fue a Nacional, de su país. También habían dejado Parque de los Patricios tres puntales del Globo como Norberto Tucho Méndez, Llamil Simes y Juan Carlos Salvini, quienes fueron transferidos a Racing, con el que fueron tricampeones de 1949 a 1951.

Todo parecía ir viento en popa, ya que el equipo rindió satisfactoriamente en el tramo inicial del torneo y el conjunto que orientaba técnicamente Emilio Baldonedo -se había destacado hacía unos años en el club- derrotó a San Lorenzo en el clásico y recogió otros resultados positivos. Pedernera se había lucido con dos goles en el 4-0 sobre Tigre. Luego la irregularidad se apoderó del elenco quemero y, al mismo tiempo, algunos problemas físicos dejaron a Adolfo fuera de carrera en un par de partidos.

Existía un ámbito en el que Pedernera no se ausentaba jamás: el de las discusiones con los dirigentes. En 1944 se había creado Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA), el sindicato a través del cual los jugadores pretendían pelear por mejores condiciones laborales. La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) no reconocía al gremio y tampoco atendía los reclamos de un grupo de trabajadores que en ese entonces no tenían un régimen demasiado favorable. Todo lo contrario. No cobraban en función el negocio que generaban y eran rehenes de las decisiones de los clubes.

Pertenecía a Huracán cuando se desató la huelga y el posterior éxodo de las principales figuras del fútbol argentino.

La postura de la AFA chocaba de frente con la política de Estado instaurada por el presidente de la Nación, Juan Domingo Perón. El primer mandatario buscaba que la Constitución Nacional incorporara derechos para los trabajadores, los ancianos y la familia, además de leyes que garantizaran la educación estableciendo la obligatoriedad de la enseñanza primera obligatoria y gratuita. Ese marco se presentaba ideal para que los jugadores alzaran su voz. La dirigencia del fútbol no esperaba que el reclamo llegara muy lejos, pero se equivocó.

Con Pedernera como uno de sus portavoces, FAA se declaró en huelga el 1 de noviembre de 1948. Al torneo le quedaban cinco fechas. Los clubes procuraron instalar la idea de que se podía mantener la competición con el recurso de disputar el tramo restante con juveniles. Por el contrario, la definición del certamen sufrió un golpe de nocaut. Racing, que era uno de los favoritos para llevarse el título, terminó viendo cómo Independiente se quedaba con el cetro de campeón. Más allá de la cuestión deportiva, la decisión de la AFA también tuvo un impacto económico, pues las recaudaciones se redujeron drásticamente.

La medida de fuerza fue la primera que enfrentó el gobierno de Perón. Por eso, el jefe del Estado tomó cartas en el asunto. Su esposa, María Eva Duarte, se encargó personalmente de hacer que la AFA reconociera al gremio de los jugadores. Ese iba a ser el primer paso para la redacción de un estatuto que definiera los términos de la relación laboral entre los clubes y los futbolistas. Pasaron los meses y a las promesas se las llevó el viento. Los dirigentes se negaban a eliminar un tope salarial que dejaba a los jugadores en una situación muy precaria.

Oscar Basso, de San Lorenzo, fue junto a Pedernera uno de los líderes de los futbolistas en los tiempos de la huelga de 1948.

Se desató otra huelga en marzo de 1949 y dos meses más tarde el fútbol argentino quedó herido de muerte. Sus estrellas más rutilantes abandonaron unilateralmente sus clubes seducidos por suculentas ofertas de equipos de países que no estaban encuadrados para la órbita de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). Colombia y México fueron dos de los principales destinos.

LA FIGURA DEL BALLET AZUL

La División Mayor del Fútbol Colombiano (Dimayor) siguió con especial atención el conflicto en la Argentina y ofreció contratos imposibles de rechazar a los jugadores. Para que las propuestas tomaran relevancia hacía falta que aceptara un referente y, entonces, Millonarios de Bogotá convenció a Pedernera, un líder respetado por sus colegas, de emprender viaje hacia ese país. Detrás de Adolfo, más de 50 futbolistas siguieron sus pasos. Algunos, como El Charro Moreno, partieron hacia Chile, mientras que a Italia se fueron Oscar Basso (defensor de San Lorenzo y titular de FAA), Martino (figura del Ciclón) y Boyé (goleador de Boca), entre otros.

La contratación de un referente como Pedernera fue el punto el punto de partida para que muchos jugadores se incorporaran al fútbol colombiano.

Millonarios se volvió de un día para el otro en la mayor potencia de Colombia. Pedernera estuvo acompañado por Néstor Pipo Rossi, Alfredo Di Stéfano, Hugo Reyes, Antonio Báez y Felipe Stemberg (todos de River), Julio Cozzi (Platense), Adolfo Benegas (San Lorenzo), Reinaldo Mourín (Independiente), Roberto Martínez (Newell´s), Julio Stuka Ávila (Unión) y Oscar Contreras (Lanús). Di Stéfano, quien todavía no había sido bautizado como La Saeta Rubia y era El Alemán, había reemplazado a Adolfo -su ídolo- como centrodelantero millonario.

Pedernera y Di Stéfano apenas habían compartido una formación riverplatense en un partido de 1945, con el futuro estandarte del Real Madrid como puntero derecho. La futura Saeta Rubia tenía un estilo muy diferente al de Adolfo, pero en el tiempo que compartieron en Colombia terminó de darle forma a un perfil de delantero todoterreno que lo erigió en una de las mayores figuras del fútbol mundial. En Millonarios, El Alemán se desenvolvía como atacante central y el antiguo cerebro de La Máquina se movía a su derecha, como una suerte de volante ofensivo. A veces, actuaba como puntero por ese mismo costado.

No le costó demasiado a Pedernera encandilar con su fulgor al público colombiano. Debutó el 26 de junio en un 3-0 sobre Deportivo Caldas y la prensa local se deshizo en elogios para el argentino. Al influjo de Adolfo, Millonarios dominó casi a voluntad la Dimayor y sus partidos fueron disfrutados como funciones de gala. Tanto es así que el equipo recibió un apodo poco común: El Ballet Azul. Nunca había conseguido un título, pero en esa época de esplendor celebró los campeonatos de 1949, 1951, 1952 y 1953 y le sumó la Copa Colombia en esos últimos dos años.

En Millonarios integró la ofensiva con Antonio Báez y Alfredo Di Stéfano, dos antiguos compañeros de River.

El despegue del fútbol colombiano fue tal que esa época de inigualable riqueza es recordada en ese país como El Dorado. Nunca tantas estrellas recorrieron las canchas de esas latitudes. Y, por supuesto, la estrella más rutilante era Pedernera. “Un fenómeno, un artista, un maestro del pase y una demostración de inteligencia. Con él, todo es posible”, lo ponderaba la prensa local. Al principio, daba cátedra dentro de la cancha y, desde 1950, en la doble función de jugador y técnico.

En su rol de entrenador y de firme voz de mando, Pedernera dio un ejemplo pocas veces visto. Millonarios debía disputar un importante amistoso y el club decidió, por sugerencia del DT, contratar a préstamo a Rubén Patiño, un exjugador de Huracán que había compartido el plantel quemero con Adolfo. El refuerzo había acordado una determinada cantidad de dinero, pero luego se enteró de que, debido a que su labor había sido determinante para el triunfo del Ballet Azul, el propio Pedernera les había exigido a los dirigentes aumentar ese monto.

Asombrado por la cantidad de billetes que tenía en su poder, Patiño se acercó a Adolfo e intentó cederle la diferencia entre lo pactado y lo cobrado. Furioso, Pedernera se negó a recibir el dinero y le dejó en claro que no quería tener problemas con él, que se había ganado ese ingreso extra. Así de honesto era El Maestro.

La formación del Ballet Azul que le ganó al Real Madrid en 1952. Ese día, Di Stéfano deslumbró a los merengues.

En 1952, las huestes de Pedernera volvieron a ser campeones, pero antes hicieron una gira por España. Millonarios fue invitado por Real Madrid para participar en los festejos de los 50 años del club español. El equipo colombiano jugó varios partidos antes de vérselas con los merengues y el 31 de marzo ingresaron al estadio Chamartín para medirse con los dueños de casa.

El Ballet Azul se impuso 4-2. Uno de los goles lo marcó Di Stéfano, a quien nadie conocía en La Madre Patria. Quedaron tan deslumbrados los directivos del Real que rápidamente iniciaron las gestiones para quedarse con el futbolista que luego los llevó a ganar cinco veces seguidas la Copa de Europa, actualmente denominada Champions League. La transferencia del Alemán estuvo rodeada de una inusitada polémica porque Barcelona también pujó por él, pero los madrileños terminaron quedándose con el argentino.

El Ballet Azul acaparaba éxitos cada vez que salía a la cancha. Perdió muy pocos partidos en el período conocido como El Dorado. Sin embargo, ese ciclo tenía fecha de vencimiento: en 1951 se había rubricado un acuerdo llamado Pacto de Lima, que disponía que, con 1954 como fecha tope, todos los jugadores que habían abandonado irregularmente a sus clubes en 1949 debían regresar a las entidades a las que la FIFA reconocía como propietarias de sus pases. Por eso, en 1953 la mayoría de los integrantes del Millonarios multicampeón abandonaron el equipo y Pedernera quedó casi en soledad para llevar a los bogotanos al título.

Además de brillar dentro de la cancha, Adolfo al mismo tiempo fue técnico de Millonarios.

Di Stéfano no volvió a River, sino que directamente se unió a Real Madrid. El Alemán, próximo a quedar inmortalizado como La Saeta Rubia, se despidió con 96 goles en 111 partidos con la camiseta de Millonarios. Pedernera se alejó a finales del 53 con 33 tantos en 81 encuentros. El futuro de Adolfo estaba irremediablemente en Huracán, su último club antes del éxodo. Y sí, retornó a Parque de los Patricios a los 35 años, con más intenciones de retirarse que de seguir recorriendo los campos de juego. Dio el presente en tres ocasiones y colgó los botines.

EL PADRE DEL FÚTBOL COLOMBIANO

Sus últimos días dentro de la cancha coincidieron con los primeros de su etapa como técnico. En Huracán fue jugador y entrenador en forma simultánea, tal como lo había hecho en Millonarios. Se alejó rápidamente y cruzó el Río de La Plata para hacerse cargo de Nacional, uno de los conjuntos más importantes de Uruguay. No le fue bien en el Tricolor y se reincorporó al Globo de Parque de los Patricios.

Por esa época, la AFA había estrenado el sistema de promedios y las recientes malas campañas habían dejado a Huracán entre la espada y la pared. Con el regreso de Tucho Méndez, veterano pero vigente, se gambeteó el descenso con Roberto Sbarra en reemplazo de Pedernera, El Globo siguió siendo de Primera. Adolfo, que ya empezaba a ser Don Adolfo, se puso al frente de Independiente, que también atravesaba un momento complicado por la partida de algunas de sus principales figuras.

En 1954 regresó a Huracán para despedirse del fútbol profesional.

Surgido en las inferiores de River que comandaba Félix Roldán, Pedernera era consciente del valor del semillero para los clubes. Entonces, nunca perdía la oportunidad para hacerse un rato y pasar a ver en acción a los jugadores que formaba el Rojo en sus entrañas. Le hacía falta un delantero y reparó en Roberto Marcos Saporiti, quien dos décadas más tarde fue un reconocido DT en Talleres de Córdoba, acompañó a César Luis Menotti en el triunfo en el Mundial 78 y le dio su primer título a Argentinos Juniors en 1984 con un equipo soberbio.

Pedernera llevó casi paternalmente a Saporiti ante sus compañeros el mismo día en el que dispuso que iba debutar en Primera. El DT sabía que El Sapo estudiaba y trabajaba en una fábrica de calzados. Mientras se disputaba el cotejo preliminar, conversó unos minutos con el joven delantero y se fue asegurando de que el pibe estuviera descansado y, sobre todo, de que no le temblaran las piernas ante la oportunidad de jugar profesionalmente. Una vez que estudió las reacciones de su interlocutor, lo llevó al vestuario.

 El propio Saporiti recordó esos momentos en las páginas del libro La Máquina, una leyenda del fútbol: “Saludar a (Rodolfo) Micheli, a (Carlos) Cecconato, al Zurdo (Osvaldo) Cruz… a (José) Varacka… a Julio Cozzi, que tenía 39 años y estaba a la vuelta de Millonarios de Colombia, donde había jugado con Don Adolfo, con Di Stéfano… Te relato esto para que veas la seguridad que me dio el Maestro Pedernera, cómo me protegió… Era una caricia al alma porque me dijo pocas palabras, pero me dio seguridad. Les dijo a los otros jugadores: ´Acá Saporiti va a debutar esta noche con ustedes. Todo bien… Él es un excelente jugador y será acompañado por ustedes, que lo van a ayudar. Saporiti lo va a hacer sin ningún tipo de problemas´. Debuté esa noche con Argentinos Juniors y después jugué el otro partido en la cancha de Independiente contra Ferro y le ganamos 1-0. Hizo el gol Oscar López. Terminó el campeonato y el otro año jugué 16-17 partidos en la Primera de Independiente. Ahí empezó el vínculo con Don Adolfo, que se hizo más estrecho con el paso de los años...”.

Roberto Marcos Saporiti (el penúltimo de los hincados) debutó en Independiente a las órdenes de Pedernera.

Pedernera sabía mejor que nadie que un pibe necesitaba respaldo para hacer frente a su gran debut. Por eso, cada vez que decidía que un jugador de inferiores diera el salto a Primera, lo sondeaba para ver si estaba listo, si la capacidad que él había observado coincidía con la madurez requerida para que ese futbolista fuera capaz de asentarse sin mayores sobresaltos. Cuidaba a los jóvenes, no los exponía sin pensar en las consecuencias.

Consultado sobre si alguna vez le había preguntado a Pedernera qué le había visto para hacerlo debutar, Saporiti reveló:  “Sí, alguna vez se lo pregunté. Me dijo: ´Su seguridad, su personalidad. Porque en el vestuario yo tenía todo definido con usted. Cuando usted me dijo que se levantó temprano y todo eso, yo estaba asombrado y se lo dije al Cholo Pérez (el preparador físico). Y el Cholo Pérez me dijo ¿viste la seguridad del pibe? Una cosa tremenda. Y bueno… cuando usted me cuenta todo eso me hizo dudar, pero sus palabras me sacaron la duda´”.

Luego de una escala en Temperley, lo convocaron en 1960 desde Colombia para dirigir a América de Cali, un equipo que no estaba habituado a ser actor protagónico de los certámenes. Pedernera lo llevó a pelear con Independiente Santa Fe, que se quedó con el título. La admiración que despertaba Adolfo era tal que en 1961 hasta le pidieron que jugara un partido con la camiseta roja de América. Tenía 42 años y llevaba siete retirado, pero el amor era mucho más fuerte y les dio el gusto a los hinchas caleños.

Cuando dirigía a América no pudo resistir al clamor popular y jugó un partido para el equipo caleño.

Colombia deseaba fervientemente participar por primera vez en un Mundial. La Dimayor entendió que para cumplir ese anhelo no había un técnico más capacitado que Pedernera. Con Chile 1962 a la vuelta de la esquina, le ofreció la conducción del seleccionado para las Eliminatorias, en las que debía medirse con Perú. Con un plantel en el que sobresalían el arquero Efraín Caimán Sánchez y el delantero Delio Maravilla Gamboa, los cafeteros sortearon por primera vez la etapa clasificatoria y se ganaron el derecho de disputar la Copa del Mundo.

Colombia fue parte del Grupo 1, junto con Uruguay, Unión Soviética y Yugoslavia. Perdió en su debut contra los celestes y en el último partido con los balcánicos. Su segundo compromiso, frente al seleccionado en el que atajaba el famoso Lev Yashin, conocido mundialmente como La Araña Negra, instaló la que por entonces fue la mayor hazaña del fútbol de ese país. Los de Don Adolfo empataron 4-4 un encuentro en el que estuvieron tres goles abajo en el marcador. Una proeza que solo fue posible por la convicción del técnico argentino para impulsar a sus dirigidos hacia una igualdad poco menos que heroica.

Valentin Ivanov, en dos ocasiones, e Igor Chislenko adelantaron a los soviéticos y Germán Aceros descontó antes del epílogo del período inicial. Cuando ingresaron en el vestuario, los jugadores sudamericanos se sentían vencidos. Pedernera notó el abatimiento de sus hombres y, a viva voz, empezó a cantar el himno colombiano. Todos lo imitaron y el camarín se inundó con los versos de la canción patria entonada con un entusiasmo inconmensurable. Otro equipo colombiano salió a la cancha.

Con Pedernera como DT, Colombia consumó su primera hazaña al empatar 4-4 con la Uniòn Soviética en el Mundial 62.

Viktor Ponedelnik estiró la diferencia para los ganadores de la Eurocopa de 1960, pero el duelo ya había cambiado. Marcos Coll le faltó el respeto a Yashin con un gol olímpico. Antonio Rada volvió a reducir la brecha y cuando faltaban 15 minutos Marino Klinger estampó el inesperado 4-4 que solo fue posible por la determinación que Pedernera le contagió a un grupo de jugadores que se sentían derrotados apenas tres cuartos de hora antes. Así de influyente era Don Adolfo, el padre del fútbol colombiano.

LAS LECCIONES DEL GRAN DT

Apenas un mes después del último compromiso mundialista, Pedernera fue contratado por Gimnasia y Esgrima La Plata. Lo convocaron para que pusiera de pie a un equipo que, con el uruguayo Enrique Fernández Viola, andaba a los tumbos en el torneo de 1962. Ese Lobo manso y casi inofensivo, con Don Adolfo se volvió feroz y estuvo 14 fechas sin perder. Contra todos los pronósticos, se encaramó en la puja por el título con Boca y River, los elencos más poderosos del fútbol argentino.

Confirmó sus pretensiones con victorias por 2-0 sobre xeneizes y millonarios. Gimnasia pasó un mes en lo más alto de la tabla, hasta que una derrota por 2-1 con Vélez lo obligó a compartir la punta con Boca y con River. La asombrosa campaña fue posible a pesar del reducido plantel con el que contaban los triperos.

“Lo que pasó es muy simple. El plantel de Gimnasia era muy escaso. Tenía 14-15 jugadores con la posibilidad de jugar y absorber la responsabilidad que supone ir primero con un equipo chico y mientras estuvo Pedernera se soportó. Gimnasia estuvo toda una rueda sin perder y en ese momento estuvo nueve partidos seguidos triunfando… Son signos de que el equipo estaba. Pero jugábamos siempre con el mismo equipo (…). El Lobo no salió campeón porque no tenía suplentes. Nada más que por eso”, reveló Daniel Bayo, una de las figuras del equipo en el libro La Máquina, una leyenda del fútbol.

En 1962 comandó a Gimnasia a una campaña espectacular. 

Gimnasia terminó en un dignísimo tercer puesto con una formación histórica que permanece en la memoria de los hinchas: Carlos Minoian; Walter Davoine, Pedro Galeano, Domingo Lejona, José Marinovich; Daniel Bayo, Eliseo Prado o Héctor Antonio; Luis Ciaccia, El Tanque Alfredo Hugo Rojas, Diego Bayo y el peruano Oscar Gómez Sánchez. El título quedó en poder de Boca, que, en un Superclásico que estuvo enmarcado por el penal que Antonio Roma le atajó al brasileño Delem, relegó a su clásico rival.

¿Qué le dio Pedernera a ese equipo? Bayo lo explicó con estas palabras: “Era un tipo que tenía una personalidad especial. Adolfo tenía un criterio muy bien formado. Sabía qué decirle a cada jugador. Hablaba primero en general y después a uno por uno les iba diciendo qué hacer y trataba siempre con mucha cordialidad de corregir fallas (…). Él era un gran motivador y era una persona que sabía ver el fútbol y nosotros nos allanábamos a lo que él decía y obviamente hacíamos del consejo de él un aprendizaje para nosotros, siempre abonando lo que él decía porque tenía mucha experiencia. Era un tipo formidable…”.

Pedernera mantenía, además, un credo al que no renunciaba jamás. No le gustaba que sus equipos trataran mal a la pelota. La quería contra el suelo. Nada de pelotazos. “El balón, al pasto”, repetía una y otra vez en los entrenamientos. Y completaba la indicación con un particular concepto: “El partido es difícil y podemos perder, pero no quiero que renuncien a jugar ni que rifen el balón. No quiero que los diarios del lunes digan que Don Adolfo tiene un equipo de ateos, que quisieron matar a Dios a pelotazos”.  Cuestión de principios de un hombre que había jugado al fútbol como los dioses.

Con los colores de Boca, cuando el club de la Ribera recurrió a él para que manejara el fútbol de la institución.

A pesar de haber sido una figura inmensa de River, Don Adolfo no dudó en 1963 de aceptar una propuesta del presidente de Boca, Alberto J. Armando. El dirigente esperaba que Pedernera le otorgara un impulso superador al fútbol en la Ribera. Lo contrataron como una suerte de mánager y el DT era su amigo Deambrossi. Se trataba de una estructura protocolar, porque El Maestro tenía voz y voto en la formación del equipo.

La mano de Pedernera se notó inmediatamente con decisiones fuertes: para empezar, revitalizó las divisiones inferiores de Boca para que se pusiera fin a la política de contratar anualmente jugadores a granel. El club debía formar a sus futbolistas. No hacía más que repetir lo que había sugerido Peucelle en River en 1931. En la Ribera se regó el semillero y de él brotaron grandes como Ángel Clemente Rojas, Rojitas, uno de los máximos ídolos de la mitad más uno del país. Don Adolfo tuvo relación directa con que se desarrollara La Candela como centro de entrenamiento para las futuras estrellas xeneizes.

Otra determinación de peso fue convencer a Armando de que era importante que Boca participara en la Copa Libertadores. En los albores de la década del 60, los equipos argentinos no le veían futuro a esa competición. Pedernera persuadió al presidente del club y ya en 1963 los auriazules se instalaron en la final. No pudieron con el mítico Santos en el que brillaba el formidable Pelé.

 En su rol de entrenador, Don Adolfo les reveló a sus dirigidos todos los secretos del fútbol, un deporte que para él no tenía misterios.

De esos duelos coperos, surge otra anécdota que pinta de cuerpo entero a Don Adolfo. Antonio Rattín, el capitán del equipo, le propuso encargarse personalmente de Pelé. La idea del Rata era provocar a O´Rei para que ambos fueran expulsados. “No, esas cosas no me gustan a mí, Rata. No son para hacer en el deporte”, fue la respuesta que Pedernera le dio a Rattín según el testimonio del entonces volante central.

Con Pedernera como máximo responsable y Deambrossi, primero, y Pipo Rossi, después, Boca ganó los títulos de 1964 y 1965. Esas formaciones se hicieron famosas por su solidez defensiva, basada en una retaguardia inexpugnable formada por Carmelo Simeone, Rubén Magdalena o José María Silvero, el brasileño Orlando y Silvio Marzolini como custodios del arquero Roma. No era un equipo que brillara, a pesar de que disponía de excelentes jugadores como Rojitas, Norberto Menéndez, Oreste Corbatta y Ernesto Grillo, entre otros.

Tras reponerse de un grave accidente automovilístico, en 1966 asumió formalmente como técnico de Boca. Ese año, como no se suspendió el torneo local aunque la Selección estaba disputando el Mundial, Pedernera debió privarse de algunas de las piezas más importantes del equipo. Armando le presentaba listas con posibles refuerzos rutilantes, pero él los rechazaba. Quería darles prioridad a los pibes de inferiores. Entre ellos, a Omar Larrosa, a quien en algún momento hasta le pagó el sueldo de su bolsillo hasta que el club le hizo su primer contrato profesional.

En todos los equipos por los que pasó pidió respeto por la pelota.

Su carrera continuó con una etapa poco feliz en Quilmes y el regreso a Independiente en 1969. Debió abandonar prematuramente Avellaneda porque la Selección lo necesitaba. La AFA despidió a Humberto Dionisio Maschio pocos días antes de las Eliminatorias para México 1970. Nadie se atrevía a tomar las riendas del elenco nacional. Don Adolfo lo hizo. Tenía que dar una mano. Incluso, con todo para perder. Sin tiempo de trabajo, armó el mejor equipo que pudo y sin una puesta a punto adecuada Argentina afrontó la serie contra Bolivia y Perú.

Las derrotas por 3-1 a La Paz y por 1-0 en Lima pusieron al Seleccionado entre la espada y la pared. El apretado 1-0 sobre Bolivia en la cancha de Boca con un gol de Rafael Albrecht renovó las ilusiones. Los peruanos llegaban a la revancha en La Bombonera como líderes del grupo. Les bastaba el empate para clasificarse. Dirigidos por Didí, una de las estrellas del Brasil campeón del mundo en 1958 y 1962 y con importantes jugadores como Héctor Chumpitaz y Teófilo Cubillas, se llevaron un 2-2 de La Bombonera y dejaron por primera y única vez a Argentina fuera de un Mundial en la etapa clasificatoria.

Fumando con amarga tristeza en un rincón del vestuario, Pedernera trataba de sobrellevar la frustración. Asumió la responsabilidad del fracaso. ¿Fracaso? Si agarró un fierro caliente… Para él era un fracaso. Defendió a los jugadores, no buscó culpables. Se hizo cargo de la derrota a pesar de que quienes debían haberlo hecho permanecían escondidos en las oficinas de la AFA…

El gol de Alberto Rendo que selló el 2-2 contra Perú que dejó a la Selección al margen de México 70.

Con el ánimo por el piso, debió retomar sus funciones en Independiente. Poco después, tuvo un fugaz paso por Huracán y en 1975 desembarcó en Talleres. En Córdoba sucedió a Labruna y continuó la obra de su excompañero en La Máquina. Los torneos Apertura, Clausura y Oficial quedaron en poder de La T. Por si fuera poco, los tallarines cumplieron una interesante campaña en el Nacional de Primera División.

El equipo de Pedernera se mantuvo 28 partidos sin derrotas. Disponía de muy buenos jugadores ese Talleres. José Daniel Valencia, El Hacha Luis Antonio Ludueña, Luis Galván, El Cata Miguel Oviedo, Humberto Rafael Bravo… También estaba Daniel Willington, el ídolo que había regresado en 1973 después de una larga carrera en Vélez. Don Adolfo prefería en ese puesto al Rana Valencia y sus choques con El Daniel eran constantes.

La despedida del Maestro se dio como consecuencia de uno de sus tantos enfrentamientos con Willington. En un partido contra Rosario Central lo mandó al banco y cuando le ordenó ingresar, a diez minutos del final, El Cordobés se negó y hasta prendió un cigarrillo. Ante tamaño desplante, el DT renunció. Dejó tres títulos, 29 triunfos, 12 empates y apenas cuatro derrotas en 45 presentaciones. También legó una idea clara de cómo debía jugarse al fútbol. “A la pelota hay que tratarla bien”, dijo alguna vez el defensor Víctor Binello sobre el estilo que proponía Don Adolfo.

Banfield desempeñó un destacado papel en el Nacional de 1976 con Pedernera al frente del equipo.

Después de su estancia en Córdoba, Pedernera fue requerido para intentar encauzar a un Banfield que andaba a los tropiezos. Inesperadamente, El Taladro empezó a encadenar victorias y quemó etapas en el Nacional de 1976 hasta los cuartos de final. En esa instancia, sucumbió frente al Boca del Toto Juan Carlos Lorenzo que ese año festejó los títulos de ese certamen y del Metropolitano.

En su última gestión como DT, se puso al frente de San Lorenzo en tiempos de tropiezos para los azulgranas. Lo instaló en el cuarto puesto del Metropolitano del 78 en el que fue campeón Quilmes y tras una pobre campaña en el Nacional, entendió que su tiempo había pasado y abandonó la dirección técnica.

Regresó a River para trabajar en las divisiones inferiores. Lo designaron coordinador general. Los técnicos eran Martín Pando y José Curti, pero Adolfo no podía con su genio y observaba los entrenamientos, daba consejos, compartía experiencias y alentaba a los pibes que soñaban con triunfar como lo había hecho él. Marcelo Gallardo era uno de ellos y en una entrevista habló de sus encuentros con Pedernera: “Me cruzaba con él por los pasillos del club. Te agarraba y te decía: ‘Nene, ¿probó hoy con el parietal derecho?’. A algunos no les gustaba. Decían: ´Este viejo pesado…´. A mí no, a mí me encantaba”.

En sus últimos años trabajó en las divisiones inferiores de River, el lugar en el que comenzó su historia. 

Don Adolfo falleció el 12 de mayo de 1995, a los 76 años. Quedaron sus espectaculares jugadas, sus goles, su inteligencia para darle vida a un equipo revolucionario como La Máquina y sus lecciones dentro y fuera de la cancha. “Al chico hay que enseñarle que el fútbol es como las matemáticas, pero mucho más simple. Se suman pases para jugar, se multiplica el esfuerzo para recuperar, se dividen los premios por igual y se restan los egos para formar un equipo”, solía decir. Sí, era un maestro Pedernera…

Una estrella que también brilló en la Selección

Mientras la Segunda Guerra Mundial inundaba de muerte los campos de batalla, el fútbol argentino disfrutaba del brillo de estrellas que formaban deslumbrantes constelaciones. Adolfo Pedernera era una de esas estrellas de fulgor enceguecedor y durante la primera mitad de la década del 40 se lució con la camiseta de la Selección tal como lo había hecho con la de River. Se vistió de celeste y blanco de 1940 a 1946, jugó 21 partidos, marcó siete goles y ganó en dos ocasiones el Campeonato Sudamericano, el certamen que hoy es conocido como Copa América.

Como sucedió con varios jugadores de su generación, El Maestro pagó, en cierta medida, un precio muy alto por haber sido figura en un tiempo en el que las canchas de estas latitudes disfrutaban del talento de futbolistas espectaculares. Por eso, en sus días como puntero izquierdo de River debió competir con un fenómeno en esa posición como El Chueco Enrique García, de Racing. Y cuando se afirmó como el centrodelantero de La Máquina se topó con calificados atacantes como René Pontoni o Juan José Ferraro, entre otros.

Además, la impresionante cantidad de cracks lo hacía vérselas con Mario Boyé, Juan Carlos Salvini en la puja para ser el wing derecho. Claro que hasta en esa posición debía lidiar con Vicente De la Mata, un fenómeno al que el DT también le buscaba un lugar en el equipo, consciente de que era difícil prescindir de él.

Pedernera integró la Selección en la época dorada del fútbol argentino. 

Lo cierto es que, más allá del puesto que ocupara en la cancha, Pedernera siempre estuvo en los planes de Guillermo Stábile, el técnico que debía hacer malabares para lograr que esos notables jugadores aunaran sus dotes en el Seleccionado nacional. Por eso, Adolfo fue tenido en cuenta por El Filtrador -tal como le decían al otrora goleador del Mundial de 1930- como puntero derecho o izquierdo y hasta actuó como entreala por la derecha. Por supuesto, el entrenador también recurrió a él como centrodelantero para que repitiera en el equipo nacional el rol de conductor que ejercía en River.

Al principio de su gestión, Stábile formaba una dupla técnica con Carlos Calocero, un maestro de divisiones inferiores que fue un símbolo de Ferro, primero como jugador y luego como entrenador. Con ese binomio al frente del Seleccionado, Pedernera debutó el 18 de febrero en un triunfo por 3-1 sobre Paraguay por la Copa Chevallier Boutell. La presentación no pudo haber sido mejor, ya que marcó el segundo gol albiceleste. La primera vez lo mostró como wing izquierdo en una ofensiva conformada por Juan José Maril (Independiente), Julio Aurelio Gómez (Estudiantes), Ángel Laferrara (Estudiantes) y Gabino Ballesteros (San Lorenzo).

A esa altura, El Chueco García ya tenía 20 partidos como internacional y estaba claro que Pedernera solo iba tener oportunidades para jugar ante algún faltazo del genial puntero de Racing. La competencia era dura, pues también aguardaban su turno Gabino Arregui (Gimnasia), Manuel Pelegrina (Estudiantes) y Juan Silvano Ferreyra (Newell´s). Así y todo, Adolfo se abría paso como la alternativa a la que con mayor asiduidad recurría Stábile, quien luego del debut del hombre de River ya conducía al equipo en soledad.

En 1941 integró el equipo argentino que obtuvo la Copa América disputada en Chile.

A falta de Mundiales, el Sudamericano se disputaba con llamativa frecuencia. En 1941 se llevó a cabo una edición Extra en Chile y Argentina se llevó el primero de sus cuatro títulos en esa década. Pedernera fue tenido en cuenta como puntero derecho en un quinteto ofensivo memorable que completaban José Manuel Moreno (su socio en River), Juan Marvezzi (Tigre), Antonio Sastre (Independiente) y El Chueco García.

Un año más tarde, en Uruguay, Pedernera se desempeñó como entreala derecho en la delantera que conformaba junto con Juan Heredia (Rosario Central), Herminio Masantonio (Huracán), Moreno y García. Adolfo anotó el 22 de enero uno de los goles en el aplastante 12-0 de los albicelestes sobre Ecuador. En esa victoria, la más abultada de Argentina en su historia, sobresalieron El Fanfa Moreno con cinco tantos y Masantonio, con cuatro. La grave lesión que sufrió en 1943 abrió un paréntesis de casi 36 meses en los que el Seleccionado y El Maestro estuvieron distanciados.

Reapareció el 15 de agosto de 1945 en un cómodo éxito por 6-2 sobre Uruguay por la Copa Newton. En lo que fue su 14º partido internacional, entró en reemplazo del Marqués Ferraro, el exquisito delantero de Vélez. Menos de 20 minutos después de su ingreso fue el responsable del sexto tanto de la Selección. Stábile entendía que Pedernera era otro y recurría a él como centroatacante. Por eso volvió a sumarlo en un 4-3 sobre Brasil por la Copa Roca en San Pablo. Ese 16 de diciembre, el hombre de River abrió la cuenta.

A la Selección le sobraban figuras. Por eso, Pedernera debió cambiar de puesto para jugar al lado de un fenómeno como René Pontoni.

La presencia de un goleador de excelsa calidad como Pontoni forzó a Pedernera a ocupar transitoriamente el lugar de entreala derecho. Argentina se daba el lujo de mover piezas para enriquecer todavía más a un equipo maravilloso. Adolfo y René estuvieron en la caída 6-2 a manos de los brasileños en Río de Janeiro, en un partido en el que El Maestro le puso la firma a uno de los goles del representativo nacional.

El Sudamericano Extra de 1946, desarrollado en Buenos Aires, instaló el punto final al vínculo de Pedernera con el Seleccionado. En ese certamen, que volvió a quedar en manos argentinas, a partir del segundo partido se afianzó como titular en el puesto en el que acaparaba aplausos en La Máquina. Lo acompañaban dos jugadores de Huracán, Salvini y Norberto Tucho Méndez, y dos de River, Ángel Labruna y Félix Loustau.

Pedernera festejó un gol en el 3-1 frente a Chile y en el partido que Argentina le ganó por el mismo resultado a Uruguay. El 10 de febrero, en la victoria por 2-0 contra los celestes que le dio el título a la Selección, se despidió del equipo nacional. En ese encuentro, que quedó en el recuerdo por la fractura de tibia y peroné que el atacante Jair le provocó al capitán José Salomón, las conquistas llegaron a través de Tucho Méndez, quien recibió dos pases perfectos de Adolfo.

Pedernera, Herminio Masantonio y José Manuel Moreno brillaron en la contudente victoria sobre Ecuador por 12-0 en 1942.

Aunque apenas se anotó un par de veces en el marcador durante ese certamen, Pedernera había sido una de las figuras del conjunto campeón. Su labor recogió innumerables elogios en un 7-1 sobre Bolivia en el que no hizo ningún gol. “Con su colocación un tanto retrasada (Pedernera) fue sirviendo pases a las puntas o cortando a sus insiders para que ellos entraran en posesión de la pelota en posiciones muy favorables”, explicó El Gráfico. Esas palabras no hacían más que describir con precisión en qué consistía el arte de Adolfo, una estrella que también brilló en la Selección.