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Cultura
REFLEXIONES DE ALBERTO CATURELLI SOBRE EL SENTIDO PROFUNDO DEL PATRIOTISMO
La noción cristiana de patria
06.01.2017 | En "La Patria y el orden temporal", el notable filósofo cordobés fallecido hace tres meses recordaba que el sentimiento patriótico debe ser entendido como un don de Dios. La vinculación con el concepto de la "guerra justa".
Por Pablo S. Otero

 

El pasado 4 de enero se cumplieron tres meses del fallecimiento del destacado profesor, filósofo y escritor católico Alberto Caturelli. Dueño de una trayectoria de más de seis décadas, su obra es reconocida no sólo en la Argentina sino en varios países de habla hispana. En 1996, considerado como uno de sus más importantes logros, el entonces Papa Juan Pablo II lo designó como miembro de la Pontificia Academia para la Vida, la institución encargada de estudiar los problemas que afectan a la promoción y defensa de la vida.

Falleció una madrugada, en Córdoba, a sus joviales 88 años, en la tierra que lo vió nacer un 27 de noviembre de 1927. La permanencia y continuidad en este mundo, no sólo será a partir de sus ocho hijos sino también con sus numerosos libros, más de treinta, a través de los cuales se manifestó como un incansable predicador de la verdad y de sus profundas convicciones cristianas.

esta de Malvinas. En él realiza un profundo análisis del concepto de patria, que siempre resultará conveniente tener presente para no olvidar no sólo nuestros derechos como ciudadanos sino nuestros deberes como argentinos.

"Cuando yo era niño y en la escuela donde cursé los primeros grados se izaba la bandera, me emocionaba hasta las lágrimas. Si alguien, ante el símbolo de la patria, me hubiese preguntado qué era la patria no habría sabido responder", recuerda Caturelli como punto de partida de su profunda reflexión que será reflejada en las siguientes líneas.

Si se le preguntara al hombre común acerca del significado de patria, seguramente contestaría que es el lugar donde ha nacido, reconociendo implícitamente que no se puede nacer sino en un lugar. "Por lo tanto, mi patria es mi lugar de origen y semejante vínculo constitutivo no es separable de mi propia naturaleza".

Asimismo -desarrolla Caturelli- el hombre es el único que siente y sabe de este vínculo, los animales sólo tienen un medio biológico donde nacen, crecen y mueren. Solamente el hombre tiene patria porque tiene conciencia de sí y de la totalidad de lo existente. Por lo tanto no es posible hablar de patria sin una determinada geografía, territorio o naturaleza.

Ahora, más allá de la relación geográfica también existe un vínculo social, la pertenencia a una comunidad. "La patria como vínculo y cobijo originario supone, pues, una sociedad con la cual no me confundo pero a la cual integro y de la cual soy miembro vivo", destacaba.

Esta comunidad de personas es el pueblo del cual soy miembro y que San Agustín definió como la congregación de seres racionales, asociados por la concorde comunión de cosas que aman. Asimismo, la pertenencia a una comunidad supone una lengua, que confiere y a la vez expresa un peculiar modo de ser, no universal sino característico de determinada patria.

Avanzando en la búsqueda del significado de patria, Caturelli aborda el tema de la temporalidad. "No puede existir ni existe -afirma- un pueblo sin la temporalidad, la cual constituye no sólo su presente, sino que, en él, pone todo su pasado y anticipa todo su futuro; es decir, no hay ni existe comunidad social sin historia". La patria no se concibe sin su tradición histórica que es, precisamente, su propia temporalidad intransferible.

EL FIN ULTIMO

Ahora, más allá de la contingencia del hombre, de la comunidad y de la patria, el todo se ordena a Dios como último fin absoluto que confiere sentido tanto al fundamento terreno de la patria, cuanto a la comunidad concorde y a su tradición histórica. Y acá es donde aparece la noción cristiana de patria.
En la antigüedad pagana -tanto para los griegos como para los romanos- la patria era la tierra de los padres, por eso el hombre antiguo se sentía inseparablemente unido a su tierra y separarse equivalía a la muerte. Nada había fuera de esta tierra de los padres que debiera ser amado por los hombres.

La gran diferencia la introdujo el cristianismo. Cristo, afirma el filósofo cordobés, al asumir la totalidad de la naturaleza humana, asume, en ella, a todo lo que es. Dios ha donado el ser en la creación. Por medio de la encarnación de su hijo le ha dado al hombre un nuevo ser. "Por consiguiente, lo que yo mismo soy, esta comunidad social concreta y su fundamento geográfico-terreno, su propio tiempo histórico y su último sentido, como todo lo que es, es por Cristo".

La patria no es solamente aquel todo de orden constituido por una comunidad concorde vinculada a un territorio concreto, sino que es un todo donado por Cristo y para Cristo que Dios quiere llevar a su plenitud.

En palabras de Caturelli "la patria terrena ahora se carga de sentido porque no es resultado de necesidad alguna, ni tampoco del azar, sino de la voluntad creadora de Dios y también, después de la Redención, del amor salvífico de Cristo".

Por lo tanto esta patria terrena es amada no porque sea grande o pequeña, sino porque es don de Dios y porque ha sido asumida por Cristo. "Por eso -distinguía- el patriota cristiano vive desprendido del mundo y hasta de su patria como bien terreno y comprometido a fondo con ella a la que ama con el mismo amor con que ama a Cristo".

La patria (La Argentina) tiene sentido en virtud de la patria permanente y la patria permanente (el reino de Dios) existe ya aquí y ahora, en virtud de la Gracia, en la patria terrena.

Por último, una breve noción acerca del concepto de patriotismo ofrecido por Caturelli. Si el cristiano entiende a la patria como un don de Dios, recibido de Dios, el hombre cristiano, ama a su patria, el lugar donde ha nacido, la comunidad concorde a la que pertenece con toda su tradición histórica-cultural orientada hacia la Suprema Fuente de la cual proviene. Es decir, para el cristiano amar la patria (ser patriota) es, ya, amar el Absoluto y es imposible amar a Dios sin amar, aquí y ahora, a la patria.

De ahí que la patria debe defenderse de los peligros, interiores y exteriores, que amenacen el bien común, es decir los bienes espirituales, culturales, históricos, materiales, de un pueblo o comunidad civil: un todo superior a los bienes de las personas singulares. Por lo tanto, y acá el concepto de Guerra Justa, como el bien de la persona singular está subordinado al bien común todos y cada uno estamos moralmente obligados a servirle y defenderle cuando está amenazado.

 

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