MIRADOR POLITICO
Cómo se juega
En el seno del peronismo se libra otra vez la puja por el poder en las elecciones. El peronista que gane se quedará con todo y los demás se encolumnarán, tarde o temprano, detrás de su liderazgo. La Presidenta parece convencida de que debe hablar sólo para La Cámpora porque sus posibilidades de captar indecisos son bajas. Sergio Massa puede, en cambio, hacer una buena cosecha si la situación empeora o los que nunca votarían peronistas deciden elegirlo para escarmentar al Gobierno.
La lucha por el poder se libra otra vez en el seno del peronismo. Entre Sergio Massa, Cristina Fernández y Francisco de Narváez se disputan cerca del 70% del electorado; las demás fuerzas (radicales, socialistas, ARI, etcétera) están fuera de ese juego. El peronista que gane se quedará con todo y los demás se encolumnarán tarde o temprano detrás de su liderazgo. Eso ocurrió siempre y es lo que ocurrirá después del 11 de agosto.
En los hechos y mal que le pese a De Narváez, la verdadera lucha es todavía más reducida: entre el intendente de Tigre y la Presidenta. Con sólo reparar en la jerarquía institucional de su desafiante, se comprueba el cruel desgaste de la jefa del Estado. Para peor, el intendente salió en punta y le sacó buena ventaja a su candidato, Martín Insaurralde, que tiene un bajísimo nivel de conocimiento. Sin embargo, la Presidenta no está muy interesada en cambiar esa situación, porque quiere ser la protagonista de la campaña.
¿A qué juega Massa? A la moderación: busca ocupar un lugar equidistante entre el kirchnerismo y la oposición "hardcore" de De Narváez. Se propone como la continuidad con cambio y caza en el zoológico. Repudia la re-reelección y la reforma constitucional que tienen 70% de rechazo. Pide terminar con un ataque a la Corte que sólo puede entusiasmar a los militantes de La Cámpora o a lectores de Página/12.
Pero para no exagerar con el perfil opositor promete seguir con el asistencialismo: la AUH, los planes, las jubilaciones sin aportes, los subsidios al consumo de los servicios públicos, el Fútbol para Todos, la alta definición gratis, etcétera. Apunta a la base clientelista del kirchnerismo (25%), mientras manda el mensaje a la clase media de que respetará las instituciones. Es el mismo discurso de Cristina Fernández en 2007, cuando su entonces jefe de Gabinete, Alberto Fernández, profetizaba que su elección aportaría una mejora de la calidad institucional.
¿Qué dice la Presidenta? Si bien las contradicciones no la asustan, ya no puede atribuirse una mejora institucional, por lo que sólo le quedan dos recursos: descalificar al adversario y presentarse como única garante de que el clientelismo continuará. La descalificiación le sale casi naturalmente. Ayer sugirió que Massa no es el arcángel Gabriel (vale decir, es como ella). Se erigió además en única defensora del interés popular, que se vería amenazado, según su criterio, si triunfa algún candidato de esos que están al servicio de las corporaciones.
En Tucumán repitió infatigablemente el mismo libreto con tono indignado y amonestador. No percibe que una parte importante del electorado ya se cansó de que lo sermoneen, en especial porque la economía flaquea. Pero ella busca recuperar parte de los votos que le está sacando Massa (cerca de 6 puntos) de votantes que la acompañaron en 2011 y que hoy dudan de la conveniencia de la guerra permanente.
Así la Presidenta parece convencida de que debe hablar sólo para La Cámpora porque sus posibilidades de captar indecisos es muy baja. Fuera del peronismo Massa puede, en cambio, hacer una buena cosecha si la situación empeora o los que nunca votarían peronistas deciden elegirlo como instrumento para escarmentar al Gobierno. Eso cambiaría el futuro.